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Delirium vampírico (Cuando Alan Ball encontró a Charlaine Harris)

True Blood

La historia de una serie que inicia su sexta temporada.

Una visita al dentista cambió para siempre la percepción que Alan Ball tenía de la Muerte. La culpa la tuvo una novela olvidada en la sala de espera. Su autora, una mujer llamada Charlaine Harris. Creemos que el estreno de la sexta temporada de True Blood es un buen momento para explicar la historia de cuando Ball encontró a Harris.

Era un día cualquiera. Alan Ball había dado de comer a su colección de aves exóticas (cada vez mayor; de hecho, hace un par de años uno de sus ilustres y gruñones vecinos, Quentin Tarantino, llamó a la policía y les pidió que hicieran algo con el zoo de Ball o no volvería a escribir una película nunca más) y se dirigía a la consulta del dentista sin poder imaginar que iba a toparse con la mujer que acabaría con su problema. Porque Ball tenía un problema. Hacía un tiempo que A dos metros bajo tierra había echado el cierre y los chicos de HBO, impacientes, no hacían más que despertarle en mitad de la noche y preguntarle si había pensado ya en algo. Querían que les diera otra serie. Pero Ball estaba bloqueado. Aunque aquella mañana de un día cualquiera se dirigía, sin saberlo, al lugar en el que iba a encontrar el antídoto contra ese bloqueo. La mujer antídoto aguardaba su llegada en una de las sillas de la sala de espera de la consulta del dentista, sólo que no tenía forma de mujer, sino de novela. Una novela de vampiros titulada Muerto hasta el anochecer. Lo que primero le llamó la atención fue la frase de la faja: «Puede que tener un novio vampiro no sea tan buena idea». Tal vez Alan se había preguntado cómo sería tener un novio vampiro. Y si no lo había hecho, seguro que lo hizo en aquel momento. El caso es que apenas había leído 20 páginas de la novela cuando llamó a los chicos de HBO y les dijo que ya lo tenía.

Corría el año 2006. Finales. A principios de 2007, Alan Ball había decidido que no había nadie mejor para interpretar a la repelente Sookie Stackhouse que Anna Paquin. Antes de ponerse a escribir, por supuesto, tuvo que llamar a Charlaine. Le dijo que se había enamorado de su historia. Charlaine debió decir algo parecido a: «Oh, cariño, de veras que lo siento pero vendí los derechos para el cine hace un tiempo». Ball debió colgar deseando que los vampiros existieran de verdad y dejaran seco a quien fuera que hubiese comprado aquellos derechos. Pero todo el mundo sabe que cuando la HBO quiere algo, lo consigue. Y el asunto de Charlaine fue pan comido. Así que Ball se puso manos a la obra y, siguiendo fielmente los dictados de Harris, que a sus 61 años sigue en plena forma, elaboró una serie que sacaba brillo, un brillo posmoderno y decididamente sudoroso (un sudor definitivamente sexual) a la historia de la camarera telépata que se enamora de un vampiro que puede dar clases de Historia. Y cabe destacar, llegados a este punto, que Ball no ha inventado nada. Porque todo (cambiaformas, hombres lobo, hadas, brujas, panteras) está en los libros de Harris, que aunque ahora tenga aspecto de adorable jubilada, fue levantadora de pesas y karateka. Harris, como Ball, también tiene la casa llena de animales, sólo que en su caso su obsesión no son los pájaros exóticos, sino los perros. Los perros abandonados, para más señas. Así que es probable que tuviera a uno de ellos en mente cuando creó a Sam Merlotte.

En_punto_muerto

Lo que diferencia las novelas de Harris de la serie de Alan Ball es la centralidad (o la fidelidad). Porque Harris sigue fiel a Sookie. Es ella la protagonista de todas sus historias. Y el resto de personajes son secundarios. En el caso de Ball, la cosa no es así. Sookie ha pasado de ser el eje a ser un personaje más. Y la fuerza con que la historia arrancó se ha ido diluyendo en el millón de subtramas (algunas de ellas inconcebiblemente delirantes) que actualmente pueblan la serie, cuya sexta temporada se estrenó el domingo 16 de junio dando muestras, en números, del desgaste de la audiencia. Fue el peor estreno desde 2009. Apenas consiguió reunir a cuatro millones y medio de espectadores (casi un millón menos de los que reunió el estreno de la quinta temporada). Algo que, para la hasta hace nada segunda serie más vista de HBO después de Los Soprano (puesto que le ha arrebatado recientemente Juego de tronos), resulta un pequeño fracaso. Así que, si la cosa no despega, lo más probable es que no tarde en llegar un día en el que Harris siga publicando historias de Sookie Stackhouse y Anna Paquin las lea en su mecedora rodeada de sus gemelos y de su chico vampiro sabiendo que no va a tener que meterse en la piel de la camarera telépata nunca más.

El único enemigo de Alan Ball es él mismo. En concreto, es su gusto por el exceso y su aparente incapacidad para controlar universos demasiado poblados. Porque a mayor tamaño del monstruo, más posibilidades de que la trama se resienta y de que el recuerdo final de la serie empiece a resultar agridulce. Algo que viene ocurriendo desde hace quizá demasiado. Tal vez lo que pasó fue que Ball empezó a tomarse en serio una historia que Miss Harris concibió desde el delirio más absoluto. Y que ella sigue manteniendo en el delirio absoluto, pero un delirio controlado. En el que el humor (y he aquí la gran baza de la señora Harris) sigue reinando.

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