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Ad Astra, la esperanza está ahí arriba

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La nueva película de James Gray es una buena película de ciencia ficción, aunque no tanto como él mismo cree.

Quizás sea verdad que volvemos a mirar a las estrellas porque no queda esperanza bajo nuestros pies. Y Hollywood lo sabe y por eso en los últimos años volvemos a encontrar películas de ciencia ficción, digamos que «espaciales» (por no llamarlas «aparentemente hard» o algo así) en la cartelera.

Nosotros, los aficionados a la ciencia ficción, conocemos las bases: sabemos desde hace mucho que en el espacio reina el silencio. Las explosiones no se oyen y los muertos no se corrompen. Y en Ad Astra aprovechan el efecto que producen todos esos hechos con maestría. Y como nosotros «hemos venido a jugar», disfrutamos y sufrimos a partes iguales con un magnífico retrato del espacio en silencio y de los muertos incorruptos. Por eso Ad Astra hay que verla en pantalla grande y a oscuras. Para, simplemente, disfrutar del espectáculo. 

Eso es lo que vamos a encontrar en Ad Astra: magníficas escenas espaciales en silencio, en las que solo oímos la respiración calmada o desbocada del héroe. A veces vemos lo mismo que él a través de un visor ahumado por su aliento. En ocasiones, lo observamos desde fuera: el reflejo del espacio en el visor oscuro de los protagonistas… Disfrutamos con la belleza de los reflejos dorados de todo tipo de vehículos, escotillas y cachivaches que harán las delicias de los amantes del espacio: coches lunares, naves, estaciones espaciales… Y también veremos muertos; muchos muertos. Que, por cierto, más vale que no nos toque Pitt como compañero en una misión o simplemente como vecino de piso, porque es un gafe y si estás a su lado las probabilidades de morir se incrementan enormemente.

El uso de los recursos «espaciales» alcanza incluso hasta antes de que comiencen los créditos, con un maravilloso arranque del icono de la Fox, ese «20th», iluminado por los focos, casi en completo silencio.

Hacia tiempo que no disfrutaba tanto viendo naves espaciales en pantalla. Naves para aquí y para allá desacoplándose y acoplándose, y despegando y aterrizando y flotando y abriendo y cerrando escotillas. A veces con mucho realismo, otras, pidiendo al espectador que acompañe haciendo un ejercicio de suspensión de la incredulidad. 

En Ad Astra pasan muchas cosas y se ven muchas maravillas, pero a ritmo lento. Porque, en general, casi todo transcurre lentamente. Y esa es una de sus mayores virtudes: va despacio, pero se hace lenta.

Aquí vale la pena destacar una de esas maravillas: la antena espacial con la que comienza la película y que sirve para presentarnos al protagonista, en concreto para que nos demos cuenta de su sangre fría. Y es que hemos de creernos que Roy McBride (Brad Pitt) es un tipo excepcional en todos los aspectos, como nos repiten varias veces, en aras de la verosimilitud. Total, que si se construyese la antena espacial, así de alta, y si alguien se cayese desde allá arribota, su caída sería tal cual nos la enseñan.

En algún momento, en Ad Astra, los personajes juegan a ser metas y nos hablan de películas del Oeste y es entonces cuando nos damos cuenta de que lo que estamos viendo es una peli del Oeste. Veremos cómo es «la vida en la frontera», conoceremos a los piratas espaciales (los modernos ladrones de ganado) y sabremos, por supuesto, cómo son los «entierros» en el espacio. Y todo ello de un modo brutalmente realista. Destaca el retrato de la Luna con sus Subway, sus cafeterías, sus fotos para turistas y esos magníficos vuelos de Virgin a la Luna que cobran 125 dólares por una almohadita y una mantita.

En resumen: Ad Astra mantiene su ritmo lento, pasan muchas cosas y tú disfrutas viéndolas.

A la que te descuidas, Brad Pitt está mirando con intensidad a la lejanía.

Pero, por otro lado, no era necesario ser tan pretencioso. Porque Ad Astra es una película pretenciosa, cuyo el mensaje queda claro: la búsqueda de vida extraterrestre, casi de Dios, equivale a la búsqueda del padre. Matar a Dios (simbólicamente) es como «matar al padre», desde un punto de vista psicológico. Y, claro, la búsqueda te impide apreciar lo que tienes al lado: disfrutar del sabor de una taza de café, apreciar a tu novia o amar a tu hijo.

Muchos hablan de su parecido con El corazón de las tinieblas, y es que la locura, la soledad, y lo de asesinar a los que no te siguen en tus sueños de gloria y descubrimiento está más que presente. Y estos mensajes nos los repiten tanto, que llegan a hacerse un poco pesaditos.

Por último, es un spoiler menor, pero no puedo dejar de mencionar a los «monetes en el espacio». Son un pelín inverosímiles, pero qué sugerentes y qué bien quedan en pantalla.

Ad Astra es una película magnífica si alguna vez quisiste ser astronauta y conocer el espacio o si simplemente disfrutas con las aventuras rodeadas de silencio y una pizca de filosofía baratera. Está impecablemente rodada, pero está muy lejos de la profundidad que pretende tener.

Sinopsis

Ad Astra

Al astronauta Roy McBride le encargan la misión de establecer contacto con su padre, desaparecido hace 30 años en la órbita de Neptuno.

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