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La leyenda de Tarzán, ni chicha ni limoná

Una película de aventuras rodada sin pasión y que a ratos hasta aburre.

Tarzán es un personaje pulp. Esto, que deberia ser una perogrullada, tiende a olvidarse en sus adaptaciones cinematográficas que, con independencia de su calidad, optan por lo naíf (pensad en las de Johnny Weissmuller) o por lo serio y dramático (pensad en Greystoke). Y claro, nunca gustan a todo el mundo. Aunque hay una posibilidad peor: lo que ha hecho La leyenda de Tarzán, es decir, no decidirse por ningún enfoque. A ratos se pone seria, a ratos intenta ser épica, a ratos es romántica, y a ratos no sabe bien lo que es.

La leyenda de Tarzán - Cicatrices

Soy malo, tengo cicatrices.


Y ese es su gran problema, porque al no apostar por ser una cosa u otra acaba no siendo ninguna. Ni chicha, ni limoná. La épica se queda en planos abiertos de África y escenas con muchos negros o muchos gorilas. El romanticismo no funciona, porque la mitad de la relación entre Tarzán y Jane es romántica, pero la otra mitad es animalesca, y al espectador le cuesta tomarse en serio un beso en un árbol cuando hace cinco minutos ha visto cómo Tarzán le buscaba parásitos en el pelo o imitaba la llamada de apareamiento del mandril.

Al reseñar Infierno azul hablé de cómo el director conseguía salvar, hasta cierto punto, los numerosos problemas de guión que tenía aquella película. En La leyenda de Tarzán nos encontramos justo con lo contrario. El guión es más que aceptable, y la historia, más allá de cuatro concesiones —de alguna hablaré más adelante— está bien construida, los personajes llegan bien retratados y tienen profundidad, y los diálogos suenan naturales. A estas alturas, no le pido más a un guión. Por desgracia, el encargado de poner en imágenes ese guión es David Yates. Sí, el director de las más insulsas de la saga de Harry Potter. Y fracasa estrepitosamente. De nuevo.

La leyenda de Tarzán - Croma

¡Ese croma!


Vayamos por partes. Lo primero, los efectos especiales. De una superproducción de 180 millones de dólares, con más de medio año de postproducción, lo mínimo que uno puede esperar es que los efectos digitales estén bien. Pero en La leyenda de Tarzán tenemos cromas dignos del hombre del tiempo de hace dos décadas, pixelaciones, personajes que son poco más que un borrón… Y luego está la anatomía de Tarzán. La idea era buena: su cuerpo ha cambiado porque se ha criado corriendo a cuatro patas, saltando por los árboles y esas cosas. Pero en los primeros minutos del metraje, cuando nos enseñan su mano, dan ganas de reír. Es ridículo y se nota el ordenador, que es justo lo que nunca debe pasar. Todos sabemos que está hecho por ordenador, igual que hace treinta años sabíamos que era látex, pero mientras lo vemos no debemos darnos cuenta. Y en Tarzán sí nos damos cuenta.

Por otra parte, está el tema del montaje y el ritmo. Una película de aventuras tiene que ser entretenida. No puede aburrir. Eso no es algo discutible. Otra cosa es cómo se consiga, pero el espectador no puede aburrirse viendo una película de aventuras, y en La leyenda de Tarzán, a ratos, se aburre. El tramo inicial, en Inglaterra, se hace eterno pese a no durar más que unos minutos, porque es tan evidente que va a aceptar la invitación e ir al Congo que todos los diálogos, las dudas y los paseos suenan a cartón-piedra, y Yates no consigue compensarlo con imágenes que vayan más allá de enseñar algo. Son planos estrictamente denotativos, que no consiguen transmitir nada que no esté explícitamente en pantalla. Vemos a Tarzán subir al árbol y sentarse, pero no sentimos su pasado selvático; vemos a Tarzán sostener una copa de licor, pero no le sentimos debatirse entre su pasado y su presente.

La leyenda de Tarzán - Bigote

Soy malo, tengo bigote.


Esta constante se mantiene a lo largo de todo el metraje, y solo se salva en ocasiones gracias a la interpretación de algunos de los actores. Christopher Watlz, claro, que hace un más que creíble Leon Rom, y Samuel L. Jackson, que logra que nos creamos su pasado de guerras y matanzas, y especialmente Margot Robbie, que consigue que Jane sea más que la-mujer-de-Tarzán. Lamentablemente, su marido está interpretado por un Alexander Skarsgard que pertenece a esa escuela de actores que creen que tener la boca abierta es sexy. Es básicamente lo que hace a lo largo de toda la película: tener la boca abierta y fruncir el ceño. Por suerte, no tiene que hablar demasiado, pero eso no quita que le tengamos continuamente en pantalla.

Sin embargo, el principal problema de La leyenda de Tarzán es la falta total de pasión. Se diría que la han hecho como quien monta una estantería de Ikea: se siguen las instrucciones al pie de la letra y se obtiene un resultado funcional, pero no el mismo que si un ebanista te hace el mueble a medida. Pero Ikea no te cuesta 180 millones de dólares. Quizás por eso la película destila preocupación por garantizarse un mercado. Por eso se habla de cómo «las potencias mundiales se repartieron África» y está el personaje de George Washington Williams, negro estadounidense muy preocupado por que en el Congo haya esclavos. Por lo mismo que en La liga de los hombres extraordinarios estaba Tom Sawyer, porque hay que garantizarse el mercado norteamericano y parece que si no están ellos no la van a ver. Y que el malo sea el rey de Bélgica es muy conveniente, porque permite dejar a los demás como buenas personas. Al fin y al cabo, los demás estados europeos no hicieron ninguna barbaridad en África, ¿verdad?

La leyenda de Tarzán - Salto

Niños, no hagáis esto en casa.


El caso es que Samuel L. Jackson consigue que su personaje funcione, pero la sensación de impostura, de que está metido ahí con calzador y ni es necesario ni aporta realmente nada a la historia, es abrumadora. La vis cómica que se supone que tiene tampoco ayuda, porque no solo no hacía falta, sino que no termina de encajar en una película que —Nolan, esto es culpa tuya— tiende más bien a lo oscuro. Y quizás eso sea lo que más pone de manifiesto la falta de personalidad de la película. La oscuridad, que de vez en cuando desaparece para dejarnos algún plano de Memorias de África, con luz y animalitos y paisajes abrumadores. El conflicto interno de Tarzán, al que también le mataron a los padres, como a Batman pero peor, porque primero le mataron a los padres humanos y luego a su madre-mono, no solo no encaja ni es necesario, sino que (mucho peor) ni siquiera se mantiene a lo largo de toda la película. No es consistente. Y aunque a ratos consigue un cierto espíritu de aventuras, el conjunto resulta frustrante y carente de vida. Puro artificio que no consigue ir más allá del aprobado.

 

Sinopsis

La leyenda de Tarzán

Hace ya años que Tarzán abandonó la selva, pero una sospechosa invitación del rey Leopoldo de Bélgica para ir al Congo le hará regresar. Allí se reencontrará con su pasado, a la vez que descubre las barbaridades que los belgas están haciendo con los africanos.

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