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Misión Imposible: Nación Secreta: Acción con Hunt, el espía invencible

Misión Imposible Nación Secreta - Destacada

El director Christopher McQuarrie firma una de las mejores entregas de la saga.

Si eres de los que aún conserva buen recuerdo de la primera entrega de Misión imposible, aquel ejercicio de esgrima (y relojes sincronizados) que llevó a cabo Brian de Palma y que convirtió a un por entonces ya algo tocado Tom Cruise (¿Acaso no lo ha estado siempre? ¿No protagonizó, por todos los dioses galácticos, Cocktail?) en un más que correcto (super)héroe de cine de acción con tensión y buen guión, entonces te gustará y puede que mucho Misión Imposible: Nación secreta.

¿Por qué? Porque tiene mucho de aquella. No lo tiene todo, por supuesto, porque aquella contaba con el elemento sorpresa (y un De Palma en estado de gracia). Con todas esas máscaras de piel humana «real» que te convertían en otra persona, las gafas teléfono, y un millón de maravillosos artilugios que nunca antes habíamos visto en la gran pantalla (ni siquiera en las películas de James Bond, más centradas en esa época en hacer estallar coches y lanchas y faldas que en el espionaje en sí). Pero esta lo tiene casi todo. Incluido un protagonismo coral «motorizante» y un sentido del humor de bombas (y robos de tarjetas amarillas bajo el agua).

Mision Imposible Nación Secreta - Avion

Demos por hecho, y basta un vistazo a la primera escena (en la que intervienen un avión y Tom Cruise, aka, Ethan Hunt, El Invencible) para comprobarlo. Que Misión imposible es, desde aquella improbable segunda entrega que firmó John Woo y que fue, por encima de todo, un delirio de proporciones épico-místicas (Fallas en la Semana Santa sevillana incluidas), una saga de ciencia ficción. Una saga de espías de ciencia ficción. Tipos de otro planeta que en realidad son del nuestro pero que Todo Lo Pueden porque son, como el propio Hunt, invencibles.

¿O acaso alguien duda que la misión «no sea» posible durante el típico plano secuencia de Y-Este-Es-El-Plan en el que se detalla de cuántas maneras pueden matarte las máquinas de detección de mentirosos por las que el propio Hunt o uno de sus colegas tendrá que pasar? Nah, ¿verdad? Todos sabemos que todo es posible cuando se habla de Ethan Hunt. ¿Que decide subir a por la luna? No dudamos que mañana la tendrá atada a un árbol en el jardín de su casa.

Hunt, el espía superhéroe

Hunt, el espía superhéroe


Dicho esto, también debe aclararse que para enfrentarse, bol de palomitas en mano, a cada una de las nuevas entregas de la saga, hay que olvidar todo lo que hemos visto hasta el momento e incluso todo lo que creemos y sabemos sobre física, química, probabilidad, etcétera. Porque todo lo que va a ocurrir en pantalla es espectáculo. Puro espectáculo. Un espectáculo que pretende una credibilidad, la suya propia, y que a ratos (en realidad, todo el rato) no hace otra cosa que poner a prueba tu sentido del humor. Porque la cosa va de misiones imposibles, y nunca debemos olvidar que Ethan Hunt es la clase de tipo que, en su tiempo libre, escala montañas gigantescas sin más ayuda que sus manos y salta de piedra en piedra como si fuese Spiderman, pero un Spiderman de anuncio de champús y botas de vaquero. ¿Maravilloso, no? Sí, sobre todo cuando ese mundo propio deja de tomarse en serio y se ríe de sí mismo y, a la vez, te busca un buen asiento en la ópera de Viena para contemplar desde la platea el asesinato de un canciller al que, en el momento cumbre, apunta más de un cañón.

Rebecca, haciendo el trabajo sucio

Rebecca, en la ópera


Sin contar demasiado, diremos que la cosa, en esta quinta entrega, gira alrededor del Sindicato, una supuesta organización terrorista que quizá no exista pero que, de existir, es lo peor que ha podido pasarle a la FMI (la Fuerza de Misiones Imposibles) en la que milita Hunt. Porque, mientras el mundo cree que los aviones desaparecen porque sí, Hunt sabe que el Sindicato está detrás de hasta la última catástrofe que ha quedado sin explicar. Es una fuerza de destrucción masiva, multiforme y cambiante que, lo que son las cosas, cuando arranca la película, tiene una cara muy concreta: la de un tipo llamado Solomon, Solomon Lane (que no Kane, aquel pariente lejano de Conan el Bárbaro).

Y Hunt se propone encontrarlo mientras la CIA se propone encontrarlo a él y neutralizarlo (o enviarlo a escalar para siempre) porque ha dado por concluida la labor del FMI y de toda su gente (y aquí es donde aparece Alec Baldwin como jefe máximo de la CIA fingiendo que sabe lo que está pasando cuando no tiene ni la más remota idea). ¿Y el MI6? El MI6 lo representa en este caso Ilsa (Rebecca Ferguson), una agente doble que está tratando de ganarse la confianza del tal Solomon Lane (un villano más que potable) y que reparte tortas a diestro y siniestro. La química con Cruise está ahí desde el principio (aunque podría decirse que Ferguson genera la química por sí misma, porque Cruise no está mucho por la labor), y le da un motor extra a la película, que ya de por sí funciona como una bala gracias a un guión que busca la comedia desde el principio.

Dunn y el trabajo sucio

Dunn y el trabajo sucio


Así que bien, muy bien, por Christopher McQuarrie (el tipo de Jack Reacher y por la penúltima encarnación de Cruise. Por esa camisa hawaiana post-momento cumbre y por el detalle de los tacones de la también invencible Ferguson (el personaje femenino que se ha ganado a pulso un spin-off, no solo por su peculiar manera de dejar fritos a sus rivales, sino sobre todo por lo complejo de su historia. La única que invita a reflexionar, ¡solo durante un momento, no os asustéis!, sobre la condición de pieza de engranaje del espía, la no-vida de aquel que salva el mundo una y otra vez). Bien, muy bien por Christopher McQuarrie y por todos los demás.

Si estáis dispuestos a pasar un buen rato sin más, no deberíais perdérosla.

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