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True Blood, sexta temporada

Tras el delirio sacrovampírico que supuso la quinta temporada, en la que los personajes secundarios —y los muy, muy secundarios, o cambiaformas con hijas lobo que simplemente salieron de la Nada y se comieron un par de capítulos— tomaron las riendas de una trama interrumpida una y otra vez por subtramas que no solo se alejaban del espíritu de la serie (¿Irak? ¿Ifrit? ¿Qué demonios fue todo aquello?) sino que convertían a los verdaderos protagonistas en meros sujetos de transición, y un final marcado por los tejemanejes de la decepcionante Authority (suerte de gobierno vampírico en la sombra) y por la sangre de Lilith, Diosa de los Vampiros, una sangre de diosa que, en el último capítulo, se bebía de un solo trago Bill y que (atentos al spoiler y a los que caerán a partir de ahora) le hacía explotar y convertirse en un puñado de sangre andante, lo cierto es que Alan Ball y sus chicos no lo tenían nada fácil para encaminar la sexta temporada.

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Bill, convertido en un puñado de sangre

Era más que complicado volver al ruedo después de todo aquello. Teledirigir la trama hacia un mundo en el que los secundarios (y los muy, muy secundarios) dejaran de multiplicarse y hacerlo de forma que Sookie y los suyos tomaran una vez más las riendas de la serie no era, como suele decirse, pan comido. Y la incoporación (de lujo) al reparto del replicante Rutger Hauer, en la piel del abuelo hada de los Stackhouse, no hacía presagiar nada bueno. ¿Una nueva temporada dedicada al universo de las hadas? ¿Y qué sería al final de los vampiros? ¿Acabarían siendo una mera anécdota en la historia? Con las fábricas de True Blood destruidas y un nuevo gobernador dispuesto a todo para acabar con los no muertos, la cosa pintaba mal para los chicos de los colmillos. Pero he aquí que los guionistas tuvieron un par de buenas ideas. La primera fue la de separar a Sookie de todo ese asunto (hasta el capítulo final) y la segunda fue obviar (e ir cerrando, de forma rápida en general) todas las subtramas abiertas en la anterior y superpoblada temporada.

Resumidas en tres, dichas subtramas —la contienda en la manada de Alcide, la huida de Sam Merlotte con la hija de su novia cambiaformas y los remordimientos de Terry Bellefleur— se resuelven de forma escalonada y sin dificultar el desarrollo de la trama principal, que esta vez encierra a los vampiros en una especie de campo de concentración (más bien, edificio a prueba de colmillos, plagado de humanos con escopetas que disparan balas de plata y con lentillas que les hacen inmunes al encantamiento vampírico) en el que el gobernador y su séquito experimentan con ellos: entre los experimentos figuran desde arduas sesiones de psicoanálisis hasta interminables cópulas, pasando por carreras sin fin en artilugios idénticos a los que los hamsters utilizan para hacer ejercicio por las noches. Por supuesto, este campo está dotado de salas de tortura (en las que se arrancan colmillos) y de una suerte de cámaras de gas, en las que el gas es sustituido por la luz del sol, a las que se envía a los vampiros en grupos. La analogía con el nazismo es evidente, aunque Ball no carga las tintas al respecto, pero sí permite al dios Bill acabar con el auténtico monstruo, el gobernador, y a Eric convertir a su única hija, obligándole, antes de acabar descabezado, a internarla junto al resto de los vampiros.

Los poderes de Bill acaban siendo un chasco, puesto que el que realmente acaba por salvar a la troupe (Jessica, Pam, Tara y un par de nuevas incorporaciones) de morir abrasada por la luz en una de esas cámaras de gas solares es Warlow, o, mejor dicho, su sangre, que permite a los vampiros caminar bajo el sol. Porque Warlow, el atractivo vampiro hada de miles de años que mató a los padres de Sookie y que ha vuelto a buscarla para convertirla en su novia hada vampiro, que había sido presentado como un monstruo en la anterior temporada, resulta no serlo tanto y acaba enamorando a la, por otro lado, enamoradiza Sookie (que sigue tan repelente y valiente como siempre, plantándole cara a todo aquello que se le acerca, por más monstruoso que sea), pero en un más que necesario giro del destino, Warlow queda fuera de juego y Sookie recupera la vida corriente que deseaba desde el inicio de la serie.

Warlow, el vampiro hada

Warlow, el vampiro hada

El brillante epílogo que cierra la temporada, un «seis meses después» que se abre a plena luz del día (¿cuánto hacía que no era de día en Bon Temps? O, mejor dicho, ¿sus vecinos no hacían nada juntos bajo la luz del sol?) y que presenta a Sookie como una chica del montón, la camarera que fue, del brazo de un hombretón no del todo corriente pero sí, al menos, no vampiro, y a Sam Merlotte como nada menos que el nuevo alcalde de la malograda población, anticipa un regreso a los orígenes con el que el propio Alan Ball llevaba soñando desde hacía mucho tiempo. Como se acostumbra a decir en la Casa de las Ideas, todo tiene que cambiar para que nada cambie, y eso es lo que ha ocurrido en estas seis temporadas de True Blood: los vampiros han sido verdugos, se han convertido en víctimas, y han vuelto a ser ex humanos condenados a vivir en la oscuridad que esperan ser aceptados como lo que son y poder volver a convivir con los vivos, esta vez ofreciéndoles protección. Recordemos el inolvidable capítulo con el que todo empezó, y en el que la presidenta de la Liga de los Vampiros ofrecía una entrevista en televisión. Bien, esta vez quien ofrece la entrevista es nada menos que Bill, convertido en autor de un best seller autobiográfico.

Así pues, aunque la sexta temporada no haya estado a la altura de las mejores temporadas de la serie (entre las que destaca la segunda), y algunos capítulos no ejercen ni siquiera de capítulos de transición, lo cierto es que, por su prometedor final y por la manera en que consigue reconducir una situación que parecía imposible de reconducir, merece un notable. Sobre todo, por la fidelidad de los personajes a sí mismos, que la anterior temporada estuvo a punto de hacer volar en pedazos, y por el sentido del humor (perverso) que sigue ahí, latente, y que resulta sin duda lo más admirable de las novelas de Harris y de la manera en que Ball las traduce a la pequeña pantalla. ¿Una muestra? ¿Qué os parece el fin de Eric? ¿Un vampiro leyendo desnudo, en una hamaca, en mitad del Everest, a plena luz del día? Chapeau.

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Sinopsis

True Blood, 6ª temporada

True Blood narra la convivencia de los seres humanos con vampiros (que han revelado su existencia al mundo) en el pueblo ficticio de Bon Temps, Louisiana. La serie sigue las andanzas de Sookie Stackhouse, una camarera telépata que se ve involucrada en las intrigas y desventuras de los vampiros y otros seres sobrenaturales.

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