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Chew, un regusto a pollo y remolacha

Lo ideal para estos días de comilonas: un cómic de comidas... poco habituales.

Chew es un puro delirio desde su mismo planteamiento: la gripe aviar fue una catástrofe, una pandemia que mató a 15 millones de personas sólo en los Estados Unidos, por lo que el consumo de pollo fue prohibido y se creó una agencia federal para luchar contra el mercado negro. Sí, contrabando de muslitos de pollo. Pero eso no era lo bastante surrealista, así que John Layman, su guionista, puso como protagonista al agente Tony Chu, un cibópata, esto es, alguien que obtiene una huella psíquica de lo que come. Un portento para resolver asesinatos: sólo tiene que darle un buen mordisco al cadáver.

Chew, volumen 2

Volved a mirar las portadas después de leer cada volumen. Hay sorpresas.


Pero Chu no es el único con capacidades místico-gastronómicas. Por las páginas de Chew desfilan cibolingüistas, hortamagnatrofos, lubodeipnosofistas, mixosecerneros… Ah, ¿que no tenéis ni idea de qué pueden ser esas cosas? Tranquilos, que en Chew os lo explican bien. Porque una cosa es que sea una historia delirante y otra que no se entienda. La historia es fácil de seguir, salvo por el detalle de que los volúmenes salen en España tan espaciados que lo habitual es tener que releer los anteriores para entender qué está pasando. Claro que si entráis ahora en el mundo de Tony Chu, ya tenéis siete volúmenes para disfrutar de una tacada.

El cómic está repleto de humor, a veces negro, a veces absurdo, a veces grotesco, lo que hace que en ocasiones los lectores no se fijen en lo cuidado que está tanto a nivel de guión como gráfico. En un principio parece que los volúmenes son más o menos autoconclusivos y que sus historias no tienen demasiado en común unas con otras. Incluso llega a dar la impresión de que las reapariciones de elementos anteriores son solo para intentar cohesionar algo que, en realidad, es una mera amalgama de cosas inconexas. Pero poco a poco, y en especial en los volúmenes cinco y seis, vemos cómo nos han puesto ante las narices todo un universo coherente e interconectado, en el que no hay elementos gratuitos.

Además, como en las buenas sagas, los personajes van creciendo y adquiriendo matices. Esto se ve sobre todo en los secundarios, que empiezan siendo meros comparsas humorísticos, pero que conforme accedemos a su pasado y a sus propias subtramas pasamos a ver en toda su complejidad.

Páginas de Chew

La composición de las páginas es más que destacable.


Por otro lado, el dibujo de Rob Guillory es brillante. Consigue algo tan difícil como conjugar el humorismo de la historia con lo dinámico e incluso lo trágico. Personajes angulosos y diferenciados, con su propia identidad, y composiciones de viñetas realmente brillantes. Lástima que el color no siempre esté a la altura (imagino estas mismas páginas coloreadas por Dave Stewart y babeo). Aun así, su labor es más que destacable.

¿No os convenzo? Quizás los múltiples premios Eisner y el Harvey que acumula os decidan. Y los que va a ganar en el futuro. Porque la serie, encima, va mejorando con cada volumen. Y si no… tal vez os envíe a Poyo a haceros una visita.

Chew: Poyo

Poyo. Porque la ll no es lo bastante dura para él.

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