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En la vida real, cuando Second Life da clases de historia

Tener una vida paralela en un videojuego a veces no es tan divertido como parece.

La protagonista de esta historia es una chica a la que le gusta jugar a videojuegos en línea. La clase de chica que puede volverse loca si (como acaba ocurriendo) su madre le prohíbe jugar temiendo que quizá su pequeña esté haciendo algo que no debería, esté cruzando algún tipo de límite, un límite desconocido pero real. La chica se llama Amanda y el juego al que le gusta jugar se llama TerrÁurea, una especie de Second Life de aspecto fantástico y medieval: hay espadas, tigres, y granjeros que se dedican a cultivar pedazos de oro que luego canjean por dinero real fuera del juego en cuestión. Va a un instituto tan molón que, de hecho, es allí donde la animan a jugar (una tipa con la mitad de la cabeza afeitada pero que cuenta como adulta, según su madre, aunque suelte frases del estilo de «Soy gamer y soy la leche».

En la vida real - Viñeta

Amanda, en su cuarto.


A su madre, por cierto, al principio la cosa la inquieta un poco: «¿Qué tienen de malo tus juegos sin conexión?», le pregunta cuando Amanda le pide los 12 dólares mensuales que va a costarle la suscripción a TerrÁurea. Y acaba de asustarla cuando empieza a recibir dinero en su propia cuenta, la cuenta de Paypal desde la que están cobrando la suscripción, por supuestas misiones cumplidas. Es entonces cuando todo el rollo de «jugar en un clan es bueno para potenciar la autoestima» empieza a convertirse en sinónimo de Marilyn Manson (es decir, el Demonio para los padres que creen que los videojuegos son el Coco) y la madre, aparentemente comprensiva, prohíbe a Amanda volver a jugar y Amanda se vuelve loca, porque justo cuando su madre le prohíbe jugar, ella cree haber conocido a alguien especial: Raymond, un chico chino que trabaja generando spams en el juego en cuestión, la clase de spams que Amanda (alias Kali Destroyer) y su amiga Lucy (alias Sargen) se dedican a eliminar: de ahí las misiones pagadas por las que la madre de Amanda está viendo aumentar su cuenta de Paypal.

En la vida real - Página

Amanda en TerrÁurea.


Más interesado en analizar —parcialmente, todo lo parcialmente que os podáis imaginar— hasta dónde es capaz de llegar el capitalismo (que invade supuestos soportes de ocio y esclaviza a chavales a ordenadores) que en sumergirnos en ese otro mundo real, Cory Doctorow une sus fuerzas a las de una de las dibujantes de Hora de aventuras, Jen Wang, para insistir en lo distinta que es la adolescencia en occidente y en un oriente asfixiado por la necesidad de sobreproducir. Y aunque el punto de partida es excelente (la soledad de la protagonista, las infinitas posibilidades del maravilloso otro mundo que constituye TerrÁurea), la historia no tarda en rendirse a lo social. Y eso no es malo, claro que no; lo malo es que al protagonista masculino, Raymond, le bastan un par de charlas con Amanda, a quien él conoce como Kali Destroyer, para erigirse en líder de una especie de revolución sindical. Pero eh, qué demonios, ¿acaso no podría pasar?

Eso sí, los dibujos de Wang son absolutamente alucinantes y, como decíamos al principio, la intención es buena y la historia se sostiene, aunque más por la soledad de la protagonista (la eterna incomprensión adolescente) que por el triple mortal final. ¿Lo recomendamos? ¡Por supuesto! En especial si alguna vez te has preguntado cómo se traslada un universo warcraftiano a un cómic en el que abundan los tonos pastel.

Sinopsis

En la vida real

A Amanda le encanta jugar a TerrÁurea online, el juego de rol multijugador masivo al que dedica la mayor parte de su tiempo libre. En esa realidad puede ser una líder, una luchadora, una heroína; es un espacio donde conocer a gente de todo el mundo y hacer amigos.

Pero las cosas se complican cuando se hace amiga de un «granjero», un pobre chico chino cuyo avatar en el juego cosecha ilícitamente objetos valiosos para luego venderlos a jugadores de países desarrollados a los que les sobra el dinero. A pesar de ser un comportamiento que va en contra de las normas de TerrÁurea, Amanda pronto comprende que las diferencias entre el bien y el mal no quedan tan claras cuando está en juego el sustento real de una persona real.

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