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I Kill Giants: somos más fuertes de lo que pensamos

Recordamos el cómic de Joe Kelly y Ken Niimura con motivo del estreno de su adaptación cinematográfica en Netflix, y las similitudes y diferencias entre ambos.

Todos los que disfrutamos del género fantástico desde nuestra infancia hemos encontrado en él, más de una vez, un refugio frente a los sinsabores del mundo. Es una verdad que cuesta admitir conforme crecemos, maduramos y se nos dice que debemos alejarnos de ese tópico de la evasión, en teoría dañino. Pero despojar a la ficción de su carácter de bálsamo es tratar de negar uno de sus componentes más valiosos. Sí, no cabe duda de que esto funciona mejor, o con mayor intensidad, en las etapas tempranas de la vida. Cuando todavía hay demasiado que no entendemos y que nos resulta difícil asumir. Muchísimas historias en distintos medios nos han presentado a personajes jóvenes que tratan de encontrar sentido a lo que les rodea a través de la imaginación y la metáfora, normalmente como parte de procesos iniciáticos en los que nos resulta fácil reconocernos.

Es el caso de I Kill Giants, una serie de cómic de siete números publicada en 2008 por Image y en España por Norma Editorial, con guion de Joe Kelly y dibujo de Ken Niimura. Este último, por cierto, es español, aunque no lo parezca: nació en Madrid en 1981 y su nombre completo es José María Ken Niimura del Barrio. I Kill Giants nos presenta a Bárbara, una niña en el umbral de la adolescencia, aficionada a los libros y a los juegos de rol, que tiene una misión única en el mundo: es una matagigantes. Nadie parece saberlo aparte de ella, pero los gigantes son algo muy real y su pueblo corre el peligro de ser destruido por su causa. Por suerte, Bárbara se está preparando para su llegada, que será muy pronto. Coloca trampas para atraerlos y posee un martillo mágico, Coveleski, con el que podrá medirse en igualdad de condiciones llegado el momento.

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A estas alturas ya nos habremos imaginado que Bárbara no es demasiado popular en el colegio. Sobre todo porque no esconde su misión: a todo el que le pregunta, profesores incluidos, le habla sobre ella. Es una muchacha ingeniosa y contestona, arisca con la mayoría de la gente pero que parece segura de sí misma; en esto se separa del estereotipo de geek tímido que solemos tener en mente. Pero eso no le salva de ser objetivo de los matones o de tener pocos amigos. Las cosas empezarán a cambiar el día en que conoce a una niña recién llegada, Sophia, y comienza a reunirse con una nueva psicóloga del colegio. Ambas, cada una a su manera, tratarán de llegar hasta Bárbara y descubrir a qué se debe esa determinación extraña, esa obsesión con el ataque de los gigantes.

El cómic de Kelly y Niimura posee un estilo desenfadado, con trazos rápidos que no se detienen demasiado en el detalle. Prefiere dejar que sean la composición de la página y el juego entre blancos y negros los que nos aporten algo más de información sobre la historia. Especialmente a nivel emocional: más de una vez la iluminación, los fondos o la cantidad de silencio en las viñetas servirán para replicar el estado de ánimo de Bárbara o su actitud frente al mundo. Comenzamos la historia desde el punto de vista exclusivo de la niña, y descubrimos que no solo se dedica a prepararse para los gigantes, sino que posee todo un mundo de fantasía a su alrededor. Se comunica con duendes y hadas que parecen saber mucho de ella, por ejemplo. Sin embargo, conforme se amplía nuestra perspectiva intuimos que hay algo que no nos está contando, una barrera que no podremos traspasar solo siguiendo su mirada. Este muro se encuentra en un punto muy claro: el piso superior de su casa. Algo hay allí, una sombra que le llama y que le aterra, que amenaza con atraparla. Un enemigo que no es un gigante, pero que debe de ser formidable para que Bárbara quede anulada y no se atreva a poner un pie en las escaleras para subir.

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No vamos a desvelar el quid de la cuestión, siendo como es una obra muy corta con una trama en la que solo hay dos o tres puntos de inflexión. Merece la pena leerla e ir uniendo poco a poco las pistas hasta que entendemos quién es el verdadero enemigo de Bárbara. En este sentido, Kelly y Niimura no juegan demasiado al despiste, todo sea dicho. Con poco que estemos atentos, descubriremos la verdad. Los añadidos del resto de personajes son importantes, pero sobre todo la visión de los adultos. Los intentos fallidos de acercamiento de su hermana Karen, que sabe que de algún modo debe intentarlo, por difícil que le resulte, y aunque tenga que lidiar con sus propios problemas. La psicóloga y su infinita paciencia, que funciona como la voz del lector al poner sobre la mesa la información que hemos recogido. Lo más importante es que al final, cuando se destapa el secreto, todo lo que hemos vivido sigue presentándose como algo real. La explicación última no devora el universo de Bárbara, ni mucho menos. Quizás porque hayamos vivido algo semejante, o hayamos buscado ese refugio en la ficción del que hemos hablado, comprendemos que lo real no tiene tanto que ver con lo que percibimos con los sentidos sino con aquello que nos hace crecer.

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I Kill Giants se publicó hace diez años, pero ha vuelto a ser motivo de conversación gracias a la adaptación audiovisual estrenada recientemente en Netflix. Dirigida por Anders Walters, en su debut en el largometraje, y protagonizada por Madison Wolfe, la película no ha podido esquivar las comparaciones con Un monstruo viene a verme de J.A. Bayona. Joe Kelly ha colaborado en la adaptación del guion y se nota bastante: hay líneas de diálogo que se han trasladado tal cual desde el cómic. El cambio de medio se advierte, si hemos leído el cómic antes, y es quizás lo que más lastra la película. La historia, ya lo hemos comentado, es en esencia muy corta y había que añadir algo de contenido para llegar a los mínimos habituales de metraje. Cuando la película quiere aumentar las dosis de aventura y espectacularidad pierde ese sentido de conocimiento y empatía que son los auténticos valores de la obra original. A Bárbara se le ha intentado dar un toque más solitario —en el cómic la vemos con un grupo de amigos jugando al rol, pero en la película solo hace migas con Sophia— y más sarcástico, y aunque esto último sigue siendo un soplo de aire fresco con respecto a personajes similares, a veces parece exagerado.

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Otro elemento que tiene que cambiar inevitablemente, pero que afecta un tanto a la narración, es el modo en que se omiten fragmentos de información que nos van llevando hasta la resolución final. En el cómic, a veces asistimos a conversaciones en las que el texto dentro del bocadillo aparece tachado. Entendemos que se trata de un «bloqueo» por parte de Bárbara; que, por el motivo que sea, se niega a escuchar lo que le están diciendo. Pero como recurso gráfico diegético, de algún modo nos involucra a nosotros. Se nos dice que el texto está ahí, y podemos detenernos en el resto de información adicional de la página —las poses, el contexto que rodea a los personajes— para desentrañar qué pasa. Se nos ofrece una cierta independencia frente a la visión de Bárbara. En una película hay que optar por otros recursos, como es obvio. El que se elige es el de saturar la voz en el momento en que se menciona «eso» que la niña no quiere escuchar. De manera que parece más una interferencia desde el exterior del texto, que nos reduce un tanto la autonomía y la posibilidad de entrar. No se puede decir que esto sea un error de la película, claro está. Cada medio tiene que emplear las herramientas que le son propias, y la elección de I Kill Giants en este caso es lógica. Pero el efecto que tiene sobre la historia y sobre nosotros es distinto al del cómic.

El largometraje sale perdiendo, por desgracia, en la comparación con la obra de la que deriva. También resulta un tanto tibia como película en sí, aunque el mensaje se mantiene y desde luego sigue resonando en nosotros. La frase que mejor lo resume es una que se repite en varias ocasiones y que los propios Kelly y Niimura escogen como dedicatoria de la obra: «Eres más fuerte de lo que piensas». Todos hemos sido matagigantes alguna vez, y es algo que no se olvida.

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