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Capítulos 1 y 2 de El Ojo Fragmentado

Fantascy publica El Ojo Fragmentado el jueves 19 de marzo.

Especial Brent WeeksAvance: El Ojo Fragmentado · El Prisma negro
La Daga de la Ceguera · El Ojo Fragmentado
La magia de Brent Weeks · Entrevista al autor

 
El jueves 19 de marzo sale El Ojo Fragmentado, tercer volumen de la tetralogía «El Portador de Luz» de Brent Weeks. Ambientada en un mundo de aire mediterráneo, con armas de fuego y magia basada en la luz, la serie más reciente de Weeks se caracteriza por su ritmo rápido, sus personajes muy humanos, su acción y su intriga. Para colmo, el propio Weeks desprende muy buen rollo, como se puede observar en el vídeo que el autor ha grabado para saludar a sus lectores españoles.

A continuación tenéis sus dos primeros capítulos en primicia. ¡Que los disfrutéis!

El Ojo Fragmentado - Portada

Capítulo 1

Dos guardias negros se acercaron a los aposentos de la Blanca; el más joven chasqueaba los nudillos de la mano derecha cada dos por tres, muy nervioso. Titubeantes, los hermanos Greyling se detuvieron ante la puerta. Crec, crec, crec. Crec, crec, crec.
          Gill, el mayor, fulminó a su hermano con una mirada que pretendía emular la mirada asesina de su comandante. Gavin detestaba que hiciera eso, pero dejó de chasquear los nudillos.
          —Esperando no vamos a conseguir nada —dijo Gill—. A ver si sabes usar ese puño.
          Era temprano. La Blanca tenía por costumbre no salir de su cámara hasta dos horas más tarde, como mínimo. Debido a su delicado estado de salud, la Guardia Negra estaba esforzándose al máximo para que los últimos meses de la anciana transcurrieran sin contratiempos.
          —¿Por qué tengo que ser siempre yo el que…? —preguntó Gavin. Gill contaba diecinueve años de edad, dos más que su hermano, pero ostentaban el mismo rango y habían sido ascendidos a guardias negros de pleno derecho a la vez.
          —Como se lo pierda por empeñarte en llevarme la contraria… —Gill dejó la amenaza flotando en el aire—. El puño —dijo. Era una orden.
          Gavin Greyling frunció el ceño, pero llamó a la puerta. La abrió tras esperar los cinco segundos de rigor. Los dos hermanos traspusieron el umbral.
          La Blanca no estaba en la cama, sino rezando junto a su esclava de cámara, prostrada en el suelo pese a su edad, de cara al sol naciente, que despuntaba tras las puertas del balcón, abiertas al este. Un viento helado envolvía a las ancianas.
          —Noble dama —dijo Gill—, disculpad la intrusión. Tenéis que ver una cosa.
          Su mirada se posó en ellos, reconociéndolos al instante. Había nobles y señores de la lux que no se tomaban en serio a los integrantes más jóvenes de la Guardia Negra; un prejuicio justificado en parte, aunque no por ello era menos humillante. Gavin sabía que, un año antes, jamás habría ascendido a guardia negro de pleno derecho a los diecisiete. Sin embargo, la Blanca jamás lo trataba como si estuviera por debajo de nadie. Daría gustoso la vida por ella en ese preciso instante, aunque le aseguraran que la anciana se iba a morir de causas naturales al día siguiente.
          La Blanca interrumpió sus plegarias y, con ayuda, se sentó en la silla de ruedas. La veterana esclava de cámara se dispuso a cerrar las puertas del balcón, a las que había llegado renqueando por culpa de las molestias que sentía en las caderas, pero Gill la detuvo.
          —Es preciso que se asome al balcón, caleen —dijo Gavin mientras arropaba a la Blanca en sus mantas, con delicadeza pero sin descuidar la eficiencia. La experiencia les había enseñado cuál era el punto exacto de delicadeza que soportaba su orgullo, y también cuánto dolor podía resistir su cuerpo. Empujó la silla para sacarla al balcón. La anciana no protestó ni alegó ser capaz de moverse por sus propios medios, como habría hecho no hacía tanto.
          —En la bahía —precisó Gill.
          La bahía del Pequeño Jaspe resplandecía por debajo de ellos. Ese día era la Festividad de la Luz y la Oscuridad, el equinoccio, y uno no podía pedir un día de otoño mejor: aunque soplaba un viento frío, el cielo ofrecía un azul deslumbrante y las aguas se mostraban serenas en vez de exhibir su habitual estado encrespado. La bahía sí estaba sospechosamente desierta. La flota aún no había regresado de Ru, donde se esforzaba por contener el avance del Príncipe de los Colores. Gavin debería estar allí. Por el contrario, él y otros tres habían recibido la orden de retroceder e informar de la posición y los planes de la flota.
          Cabía esperar que la batalla se hubiera dirimido a esas alturas, por lo que tan solo se podía aguardar la llegada de noticias que les indicaran si debían celebrar la victoria o prepararse para librar una guerra que reduciría las Siete Satrapías a añicos. Gavin supuso que eso explicaba las oraciones de la Blanca, pero ¿se puede rogar por el resultado de un acontecimiento después de que este haya tenido lugar? ¿Servirían de algo las plegarias en tales circunstancias?
          ¿Acaso han servido alguna vez de algo?
          En silencio, la Blanca observó la bahía. Gavin temía que no llegara a ver nada. ¿La habrían interrumpido demasiado tarde? Pero la anciana confiaba en ellos; sin interrogarlos en ningún momento, se limitó a dejar que se desgranaran los mi nutos.
          Y entonces, al fin, algo dobló el recodo del Gran Jaspe. No era fácil apreciar su tamaño a primera vista. Emergió a cien pasos de las altas murallas que rodeaban la isla, repletas de curiosos que se empujaban y se agolpaban en los adarves. El demonio marino solo era visible al principio merced a la estela que dejaba a su paso, levantando cabrillas a izquierda y derecha.
          Conforme se aproximaba, aceleró. Sus fauces cruciformes, entreabiertas, engullían el mar entre sus anilladas hileras de colmillos y lo expulsaban por las agallas que se distribuían a lo largo de todo su cuerpo, distendidas al máximo. A cada nuevo e inmenso bocado, con sus fauces ahora abiertas de par en par, el agua salía disparada en grandes abanicos hacia atrás y a los lados, con una cadencia aproximada de cincuenta pasos. A continuación, contraía los gigantescos músculos y el mar siseaba con las turbulencias del aire y el oleaje embravecido.
          El demonio marino iba directo al rompeolas que protegía la bahía Occidental, adonde también se dirigía una ga lera a marchas forzadas, en su intento por salir a mar abierto. A la velocidad a la que el demonio marino avanzaba, el capitán no se imaginaba que esa era precisamente la dirección equivocada.
          —Pobre incauto —musitó Gill.
          —Dependerá de si es una coincidencia o un ataque —repuso la Blanca con una tranquilidad escalofriante—. Si consigue traspasar el rompeolas, los tripulantes de esa nave bien pudieran ser los únicos que escapen a tiempo.
          Los galeotes sacaron los remos del agua como un solo hombre, procurando agitar las aguas lo menos posible. Los demonios marinos eran muy celosos de su territorio, pero no depredadores.
          La criatura pasó junto a la galera sin detenerse. Gavin Greyling exhaló un suspiro de alivio y oyó cómo los demás hacían lo mismo. Sin embargo, en ese momento el demonio marino se sumergió y se perdió de vista, envuelto en un inesperado banco de niebla.
          Cuando reapareció, estaba al rojo vivo. Las aguas hervían a su alrededor. Puso rumbo a altar mar.
          No había nada que pudiera hacerse. El demonio marino se alejó, giró en redondo y aceleró. Su trayectoria apuntaba directamente a la proa de la galera, como si pretendiera embestir de frente a ese intruso.
          Alguien profirió una maldición entre dientes.
          La criatura chocó contra la nave a una velocidad de vértigo. Fueron varios los marineros que salieron disparados de la cubierta. Algunos cayeron al mar, pero al menos uno fue a aterrizar en la cabeza del demonio marino, repleta de protuberancias y pinchos.
          Durante unos instantes pareció que, de alguna manera, la galera iba a resistir el impacto; hasta que se desintegró la proa. Fragmentos de madera volaron en todas direcciones. Los mástiles se partieron.
          La galera —lo que quedaba de ella— salió disparada hacia atrás, diez, veinte, treinta pasos, proyectando por los aires inmensos abanicos de agua. El avance del demonio marino apenas perdió velocidad. A continuación, la embarcación desapareció bajo las olas cuando aquella gigantesca cabeza de martillo se elevó aún más sobre el agua y continuó empujando. De improviso, el casco de madera endurecida con fuego del navío se partió igual que una olla de barro estampada contra la pared.
          La criatura se zambulló y, prendidos de su monstruosa testa repleta de espinas por un centenar de cabos, los restos del naufragio se hundieron con ella.
          A cien pasos de distancia, una enorme burbuja de aire salió a la superficie cuando la última de las cubiertas desapareció bajo el agua. El barco no volvió a emerger. Lo único que quedaba de él eran fragmentos, y ni siquiera tantos como cabría esperar. La galera se había perdido para siempre, sin más. De sus cientos de tripulantes, apenas media docena de hombres braceaban entre las olas. La mayoría de ellos no sabían nadar. A Gavin Greyling, que había aprendido durante el período de instrucción de la Guardia Negra, siempre le había parecido una locura que hubiese tantos marineros incapaces de defenderse en el agua.
          —Allí. —Gill señaló con el dedo—. Se ve un rastro de burbujas.
          El demonio marino no había quedado atrapado dentro del rompeolas, gracias a Orholam. Pero el destino que le aguardaba parecía aún peor.
          —Noble dama —dijo una voz a sus espaldas. Se trataba del señor de la lux Carver Negro, el responsable de todos aquellos pormenores de la dirección de la Cromería que no compitieran a la Blanca. Alto y alopécico, cubría su piel olivácea con un conjunto de calzas y jubón de factura ilytiana. Lo que quedaba de sus largos cabellos morenos se veía profusamente veteado de canas. Gavin no lo había visto llegar. Era guardia negro, y no lo había visto llegar—. Con permiso, he llamado pero no me ha respondido nadie. Esa bestia ya había sido avistada merodeando alrededor de los Jaspes, hasta en cinco ocasiones, contando esta. Di órdenes para que las baterías de la isla de los Cañones no abrieran fuego salvo en caso de agresión. Los artilleros preguntan si esto se podría calificar como tal.
          A efectos prácticos, la defensa del Pequeño Jaspe formaba parte de su cartera, pero al señor de la lux Negro, como administrador precavido que era, le gustaba eludir las culpas siempre que fuera posible.
          Además, ¿de qué serviría una bala de cañón contra semejante bestia?
          —Decidles que esperen —respondió la Blanca.
          —¡Ya lo habéis oído! —bramó el Negro acto seguido, abocinando junto a la boca una mano cargada de anillos.
          Atento a sus palabras, un secretario apostado en la azotea, un piso por encima del balcón de la Blanca, levantó un espejo bruñido de un paso de diámetro mientras se asomaba al borde de la azotea.
          —¡Sí, noble señor! —El hombre se apresuró a dar la señal, sustituido en su puesto por una mujer más joven que daba la impresión de estar intentando mantener los oídos abiertos sin que cayera en ellos ninguna palabra indiscreta.
          El demonio marino abrazaba ahora la costa mientras surcaba unos bajíos tan poco profundos que dejaban vislumbrar su lomo. Atravesó el embarcadero del capitán del puerto sin inmutarse y llegó al extremo septentrional del Gran Jaspe.
          —Ay, mierda. —Todos pensaban lo mismo, pero fue la Blanca la que lo expresó con palabras. ¿La Blanca? ¿Jurando? Gavin Greyling jamás hubiera sospechado que conociera ninguna palabra malsonante.
          Los ocupantes del Tallo de Azucena habían perdido de vista a la bestia cuando esta penetró en el Gran Jaspe, y el demonio marino se abalanzó sobre el puente antes de que a nadie le diera tiempo a reaccionar.
          La estructura flotaba a ras de las olas. Sin sostenes de ningún tipo, la luxina amarilla y azul se combinaba para formar un entramado de color verde que había resistido los embates del mar durante siglos. En la actualidad, la cromaturgia necesaria para crear algo así quedaba fuera del alcance de todos salvo, tal vez, de Gavin Guile en persona. En más de una ocasión había servido de rompeolas para las embarcaciones que se veían sorprendidas por las tormentas frente a los rompeolas, salvando así cientos de vidas. Sin embargo, el primer contacto del demonio marino, apenas un roce, provocó que el puente entero se tambaleara. Decenas de personas perdieron el equilibrio.
          La inmensa figura se deslizó a lo largo de la pista de luxina durante diez, veinte pasos, antes de aminorar la marcha; parecía estar desconcertada por la resistencia que obstaculizaba su avance. Pero la confusión duró solo un instante, tras el cual se elevaron nuevas columnas de vapor a su alrededor. El demonio marino hundió la cabeza bajo las olas y ganó velocidad mar adentro; su descomunal cola azotó el agua junto al Tallo de Azucena, levantando surtidores por encima de casi toda la estructura.
          Una vez en altamar, volvió a girar sobre sí misma.
          —¡Ordenad a la isla de los Cañones que disparen! —exclamó la Blanca.
          La isla estaba situada al otro lado del Tallo de Azucena en la bahía. La probabilidad de que los artilleros dieran en el blanco desde allí era remota.
          Pero cualquier posibilidad de distraer a la criatura, por pequeña que fuese, era mejor que ninguna.
          La primera culebrina abrió fuego de inmediato; los hombres ya debían de estar esperando la orden. No obstante, el proyectil tendría que cubrir una distancia de aproximadamente mil pasos. Se quedaron cortos por al menos cien. Los otros cinco cañones de la isla que apuntaban en la dirección adecuada atronaron en veloz sucesión; el estampido de las detonaciones combinadas se dejó oír justo detrás del fogonazo cegador, y su rugido llegó a la torre casi al mismo tiempo que sus ocupantes veían cómo los proyectiles impactaban en el agua. Todos fallaron. El surtidor más próximo se elevó a más de cincuenta pasos de su objetivo. Ninguno logró disuadir al demonio marino.
          Los equipos de artillería empezaron a recargar con la celeridad y la eficiencia que solo un adiestramiento inflexible era capaz de impartir, pero jamás conseguirían disparar otra andanada a tiempo. El demonio marino era demasiado rápido.
          El caos se apoderó del Tallo de Azucena. Un tiro de caballos había caído, producto del pánico, y estaba volcado de costado con su carro en los confines del puente, provocando que solo un goteo de hombres y mujeres pudieran salir al Gran Jaspe. Los animales, encabritados, lanzaban bocados a las personas que intentaban escabullirse tanto por encima como por debajo de ellos.
          Al otro lado del puente se produjo una avalancha que se saldó con una maraña de cuerpos arrollados y pisoteados. Tan solo unos pocos lograrían escapar a tiempo.
          —Carver —dijo la Blanca con aspereza—. Ve y organízalo todo para que tanto los muertos como los heridos reciban atención. Eres más ágil que yo, y de todos modos necesito ver cómo termina esto.
          El señor de la lux Negro ya había salido por la puerta antes de que ella acabara de hablar.
          Cuatrocientos pasos de distancia. Trescientos.
          La Blanca extendió una mano, como si pudiera repeler al demonio marino mediante un simple esfuerzo de voluntad, sin dejar de susurrar entre dientes una retahíla de atropelladas plegarias.
          Doscientos pasos. Cien.
          Una segunda silueta surcó las aguas de improviso por debajo del puente, procedente del otro lado; su espectacular colisión con el demonio marino levantó litros de agua a cientos de pasos de altura. La bestia salió despedida por los aires, doblada de costado. Una figura negra, enorme pero al mismo tiempo empequeñecida por el demonio marino, lo había embestido desde abajo. Ambos se estrellaron de nuevo contra el agua, con estrépito, a menos de veinte pasos del Tallo de Azucena.
          El peso del demonio marino era mayor e impulsó su cuerpo hasta el mismísimo puente y proyectó una muralla de agua que rompió contra la estructura tubular, envolviéndola por completo. La construcción entera se estremeció con la fuerza de la ola gigante… pero aguantó.
          En medio de una nube de agua y aliento expelido, unas aletas y una cola negra emergieron a la superficie. Después de que la cola cayera como una maza sobre el cuerpo del demonio marino, la ballena salió disparada en dirección a la bahía del Pequeño
Jaspe. Hacia el interior, lejos del puente.
          —Una ballena —dijo la Blanca, jadeante—. ¿Era…?
          —Un cachalote, noble dama —repuso Gill. Siempre le habían gustado las historias protagonizadas por esos pugilistas marinos—. Un gigante negro. De treinta pasos de largo, al menos, con la cabeza como un ariete. Ignoraba que pudieran alcanzar ese tamaño.
          —En el mar Cerúleo no se había vuelto a avistar ningún cachalote en…
          —Cuatrocientos años. Desde que se cerraron las Puertas Sempioscuras. Aunque algunos perduraron durante cien o… Lo siento —se disculpó Gill por la interrupción.
          La anciana ni siquiera se percató. Estaban todos demasiado absortos. El demonio marino se había quedado visiblemente aturdido. Su cuerpo incandescente, que había adquirido una tonalidad azul, se hundía bajo las olas, pero conforme el mar recuperaba la calma tras la marejada provocada por la colisión pudieron comprobar cómo el fulgor anaranjado se intensificaba una vez más. Las aguas comenzaron a sisear.
          La mole se revolvió bajo las olas, se giró y reanudó la marcha, nadando directa hacia el cachalote.
          —Se supone que esas ballenas son muy agres… —empezó a decir la Blanca.
          A cuatrocientos pasos de la orilla, el agua entró en erupción cuando los dos leviatanes volvieron a chocar con violencia.
          Los cachalotes eran los únicos adversarios naturales de los de monios marinos en el mar Cerúleo. Pero hacía mucho que los demonios marinos habían acabado con todos. Supuestamente.
          Ante su atenta mirada, los gigantes colisionaron de nuevo, pero en esta ocasión más lejos, hacia el sur. Observaron en silencio mientras a sus pies comenzaban las operaciones de rescate para evacuar el Tallo de Azucena.
          —Pero ¿esas ballenas por lo general no eran… azules? —preguntó la Blanca a Gill, sin apartar la vista del mar.
          —Azul marino, o grises. Se mencionan algunas blancas, aunque probablemente son un mito.
          —Esta parecía negra, ¿no? ¿O me falla la vista?
          Los hermanos cruzaron la mirada.
          —Negra —respondió Gill.
          —Negra, sin la menor duda —corroboró Gavin.
          —Bilhah. —La Blanca llamó por su nombre a la esclava de cámara por primera vez, que Gavin recordara—. ¿Qué día es hoy?
          —Es la Festividad de la Luz y la Oscuridad, ama. El día en que la luz y la oscuridad se disputan el dominio del cielo.
          —Y con el equinoccio —musitó la Blanca con voz queda, sin volverse—, cuando sabemos que la luz debe perecer, que no hay victoria posible, acude en nuestro auxilio una ballena… no blanca, sino negra.
          Al ver que todos asentían con la cabeza, solemnes, sobrevino a Gavin el presentimiento de que se estaba perdiendo un detalle significativo. Después de mirarlos uno por uno, inquirió:
          —Bueno, ¿y qué? ¿Qué significa eso?
          Gill le pegó una colleja.
          —A ver, ese es el quid de la cuestión, ¿no?

The Broken Eye - Portada

Capítulo 2

Las ensangrentadas palmas de Gavin Guile habían dejado una mancha gris, cálida y viscosa, allí donde sus manos sujetaban el remo. Siempre había pensado que lucía unos callos respetables, para tratarse de alguien cuya principal herramienta de trabajo eran las palabras, pero nada lo preparaba a uno para pasarse diez horas diarias en el bandín.
          —¡Amiento! —exclamó el Número Siete, levantando la voz para que pudiera oírlo la cómitre—. Más vendas para «Su Santidad».
          Aunque el comentario suscitó unas cuantas sonrisas exhaustas entre los galeotes, estos no perdieron el compás. Los grandes tambores de piel de becerro retumbaban como el corazón de un cetáceo. Era un ritmo que los hombres experimentados podían mantener todo el día, si bien con dificultad. Puesto que había tres de ellos en cada banco, bastaba con que dos continuaran remando cuando su compañero de fatigas hacía un alto para refrescarse, comer o utilizar el cubo en el que todos hacían sus necesidades.
          Amiento se acercó a Gavin con un rollo de tela y le ordenó por señas que extendiera las manos. Se trataba de la mujer más fornida que hubiera visto en su vida, y eso que conocía a todas las féminas que habían ingresado en la Guardia Negra en los últimos veinte años. Gavin retiró del remo los dedos ensangrentados, engarfiados como garras. No podía abrirlos ni cerrarlos, y aún ni siquiera era mediodía. Continuarían remando hasta el anochecer; cinco horas más, en esa época del año. Amiento deslió el paño, tieso como una tira de corteza.
          El destino podría depararle cosas peores que una mera infección, pensó Gavin. Pero mientras la mujer le vendaba las manos, con movimientos tan eficientes como exentos de delicadeza, llegó hasta su olfato un efluvio vibrante, como a resina entreverada de algo parecido al clavo, y oyó el característico y sutil chasquido que producía la luxina supervioleta al astillarse.
          Durante unos instantes volvió a ser el mismo Gavin de siempre, y sus pensamientos se concentraron en la mejor manera de aprovechar el descuido de sus captores. Trazar directamente a partir de la luxina rota era complicado, pero ni mucho menos imposible para él, Gavin Guile. Por algo era el Prisma; no había nada que no pudiera…
          Mejor dicho, no había nada que pudiera hacer ahora, que ya no distinguía los colores. Era incapaz de trazar nada. A la exigua luz de las lámparas que se mecían lánguidamente con los vaivenes de la embarcación, el mundo oscilaba en tonos de gris.
          Amiento le apretó los nudos sobre el dorso de las manos y profirió un gruñido ininteligible. Gavin lo interpretó como la señal convenida para izar los brazos entumecidos de nuevo hasta el remo.
          —C-c-combate la infección —dijo uno de sus compañeros de remo, el Número Ocho, aunque algunos de los hombres lo llamaban Jodelotodo. Gavin no sabía por qué. Esta era una comunidad poco ortodoxa, con su jerga particular y sus chistes privados, y él no formaba parte de ella—. Aquí abajo, en la tripa, la infección te puede partir en dos como un rayo.
          ¿La luxina supervioleta combatía las infecciones? No era algo que se enseñara en la Cromería, pero eso no significaba que fuese mentira. O puede que se tratara de un nuevo descubrimiento, posterior a la guerra, y nadie le hubiera hablado de él. Sus pensamientos, sin embargo, se vieron arrastrados a Dazen, su hermano, y los cortes que se había practicado a sí mismo en el pecho. ¿Cómo era que Dazen no sucumbió a la infección en el infierno que Gavin había construido para él?
          ¿Sería acaso un simple ataque de fiebre, y no de locura, lo que había convencido a Gavin de que debía matar a su hermano prisionero?
          Ya era demasiado tarde, en cualquier caso. Rememoró una vez más la sangre y los sesos que habían saltado del cráneo de Dazen y salpicado la pared de su celda cuando Gavin disparó contra él.
          Cerró los dedos vendados en torno al remo desgastado por el uso, la madera esmaltada con el sudor, la sangre y otras secreciones de tantas manos como habían pasado por allí antes que las suyas.
          —Endereza la espalda, Seis —dijo el Número Ocho—. El lumbago terminará matándote como hagas todo el esfuerzo con los riñones. —Tantas palabras seguidas sin ninguna maldición intercalada era un verdadero milagro.
          Nadie sabía por qué, pero al Ocho le había dado por adoptar a Gavin. Aunque este sospechaba que la ayuda del nervudo angari no era completamente desinteresada. Gavin era el tercer ocupante de su banco. Si Gavin remaba menos, el Siete y el Ocho tendrían que esforzarse más para mantener el compás, y el capitán Artillero no estaba por la labor de aflojar el ritmo. Cuanto antes se alejaran del escenario de la caída de Ru, mejor.
          Los cazadores de piratas de la Cromería levarían anclas en cuestión de otra semana; corsarios con órdenes de perseguir a los traficantes de esclavos que sin duda caerían sobre los despojos de la flota invasora para cargar de cadenas a cuantos supervivientes se cruzaran en su camino. Pedirían rescate por quienes pertenecieran a familias adineradas, pero muchos regresarían directamente a los inmensos campamentos de esclavos de Ilyta, donde podrían desestibar sus cargamentos humanos con absoluta impunidad. Otros buscarían mercados más próximos, en los que algún oficial sin escrúpulos falsificaría los documentos que atestiguarían que estos esclavos habían sido recogidos legalmente en cualquier puerto remoto. Más de un prisionero perdería la lengua a fin de que no pudiera contar la verdad.
          Esto es lo que le he reportado a mi pueblo, Karris. Muerte y esclavitud.
          Aunque Gavin había matado a una deidad, la batalla se saldó con su derrota. La perdición había destrozado la flota de la Cromería al surgir de las profundidades, aplastando sus esperanzas y arrojándolas luego por la borda.
          Si se me hubiera declarado prómaco, el resultado habría sido distinto.
          Lo cierto era que Gavin no debería haber asesinado únicamente a su hermano; debería haber matado también a su padre. En el último momento, si hubiera ayudado a Kip a apuñalar a Andross Guile en vez de intentar separarlos, ahora este sería un cadáver y él estaría en los brazos de su esposa.
          —¿Alguna vez te arrepientes de no haber sido lo bastante implacable? —preguntó Gavin al Siete, que dio tres grandes golpes de remo antes de responder.
          —¿Sabes cómo me llaman?
          —Me suena que Orholam. ¿Es porque ocupas el asiento número siete? —Del mismo modo que el seis era el número del hombre, el siete era el de Orholam.
          —No, no es por eso.
          Míralo, qué elocuente.
          —Entonces ¿por qué?
          —No obtienes respuestas a tus preguntas porque eres impaciente —dijo Orholam.
          —Sé muy bien lo que es esperar, viejo.
          Orholam dio otras dos largas paladas antes de contestar:
          —No. Ya van tres. Tres negativas. Hay personas que prestan atención a las cosas que llegan de tres en tres.
          Pues yo no soy una de ellas. Que te den, Orholam. Y a tu tocayo también.
          Gavin torció el gesto al reincorporarse a la penosa rutina de remar y adaptarse al compás: empujar, estirarse, afianzar los pies en el suelo de madera y volver a tirar. La Jaca Arisca daba cabida a ciento cincuenta remeros, ochenta en esta cubierta y otros setenta en la superior. El retumbo de los tambores y las órdenes impartidas a gritos se oían por igual en ambos niveles merced a las trampillas que los comunicaban.
          Pero el sonido no era lo único que compartían las cubiertas superior e inferior. Aunque Gavin había dado su sentido del olfato por embotado a los pocos días de embarcar, siempre aparecía algún efluvio nuevo que lo pillaba desprevenido. Los angari se preciaban de ser aseados, y quizá lo fueran; Gavin no había detectado el menor indicio de disentería o sudores febriles entre los galeotes, y entre los esclavos circulaban dos cubos todas las noches: el primero, repleto de espuma con la que enjabonarse; y el segundo, lleno de agua de mar limpia para aclararse. Todo cuanto se derramaba, evidentemente, caía en regueros sobre los esclavos de la bodega inferior y, tras acumular todavía más mugre, en el pantoque. Los suelos siempre estaban resbaladizos, en la bodega reinaba una humedad bochornosa, el sudor era constante, la ventilación que proporcionaban las portillas resultaba insuficiente a menos que el viento soplara con fuerza, y los regueros viscosos que goteaban sobre la cabeza y la espalda de Gavin, procedentes de la bodega superior, desprendían un tufillo sospechoso.
          Unos pasos le indicaron que alguien bajaba por la escalera; quienquiera que fuese caminaba con la cadencia confiada que era potestad de los marineros expertos. Ni siquiera el chasquido de unos dedos junto a su oído consiguió que Gavin se dignara mirar en dirección a la puerta de la bodega. Ahora que solo era un esclavo necesitaba comportarse como tal, so pena de que lo apalearan por insolente. Aunque acobardarse no se contara entre sus obligaciones, en cambio, estas sí que incluían la necesidad de remar en todo momento, una actividad que consumía todas sus fuerzas.
          Amiento levantó las manos de Gavin del remo, abrió los grilletes y silbó para llamar la atención del Número Dos. Este y el Uno ocupaban el escalafón más alto de la permisiva jerarquía por la que se regían los galeotes, lo que significaba que gozaban de permiso para sentarse en la parte de delante cuando querían tomarse un descanso, podían hacer sus recados sin el lastre de las cadenas y solo debían remar si alguno de sus compañeros enfermaba o desfallecía por culpa del agotamiento.
          Una vez que Amiento volvió a esposarle las manos, en esta ocasión a la espalda, Gavin alzó la cabeza para contemplar al capitán Artillero, erguido en lo alto de la escalera de la bodega. Ilytiano, con la piel negra como la noche cerrada, de barba agreste y ensortijada, el Artillero lucía unos holgados pantalones de marinero y un elegante jubón con brocados que dejaba al descubierto su torso desnudo. Irradiaba la seductora exaltación propia de los locos y los profetas. Pensaba en voz alta. Hablaba con el mar. No admitía igual ni en el cielo ni en la tierra y, por lo que respectaba a disparar cañones de todos los calibres, su soberbia estaba justificada. No hacía mucho que el Artillero había tenido que saltar por la borda de un barco en llamas y lleno de agujeros por culpa del Prisma. Sin saber muy bien por qué, en aquel momento Gavin permitió que escapara con vida.
          Las buenas acciones te llevarán a la tumba.
          —Acércate aquí, Guile, pequeñín —dijo el capitán Artillero—, que me estoy quedando sin argumentos para permitir que sigas respirando.

© Brent Weeks, 2014
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
© de la traducción, Manuel de los Reyes García Campos, 2015

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2 Responses to “Capítulos 1 y 2 de El Ojo Fragmentado

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