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Entrevista a Ismael Martínez Biurrun

Ismael es un tipo majo y accesible, y nosotros unos aprovechados. Le hemos asaltado vilmente y le hemos preguntado cosas.

No teníamos bastante con reseñar su última novela, Un minuto antes de la oscuridad, así que hemos decidido hacer también una entrevista a Ismael Martínez Biurrun. Es lo que tiene ser majo, que llegamos nosotros y nos aprovechamos. Para los que no le conozcáis, Ismael es un escritor nacido en Pamplona (1972) y afincado en Madrid desde hace tanto que ni se acuerda de lo que era vivir en otro sitio. Tras estrenarse en Equipo Sirius con Infierno nevado, pasó por la extinta 451 (lo siento, Rojo alma, negro sombra es más que difícil de encontrar), por Salto de Página (Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha) y acaba de estrenarse en Fantascy. Es, junto a Emilio Bueso, el único en haber ganado dos veces el premio Celsius que otorga la Semana negra de Gijón.

Acabas de sacar nueva novela, Un minuto antes de la oscuridad, en Fantascy. Supongo que la primera pregunta es obligada: ¿qué diferencias ves entre publicar en una editorial pequeña como Salto de página y en un gran grupo como Random?

A la hora de escribir, ninguna, porque no escribí la novela pensando en una editorial determinada. He hecho la novela que me apetecía y eso ha sido respetado por Fantascy al cien por cien, igual que lo habría sido por Salto de Página. Además, los dos sellos están conducidos por editores amantes del género, lo que es una suerte para todos lo autores fantásticos de este país, por cierto. La diferencia está en la escala de producción, nada más.

El escondite de Grisha - Portada

El escondite de Grisha, toda una demostración de arte narrativo.


Tu primera novela, Infierno nevado, era una novela lovecraftiana ambientada en época de los romanos en las montañas vascas. De ahí al psicologismo de El escondite de Grisha parece haber todo un mundo. ¿Es así? ¿Hay un hilo conductor en tu trayectoria? ¿Cuál?

Infierno nevado fue una rareza, el peaje lovecraftiano que todo autor de terror debe pagar alguna vez en su vida. Estuve atascado con esa novela durante años y la terminé casi por obligación, solo para demostrarme que era capaz. De lo que no soy capaz ahora es de releer aquel libro. Fue en Rojo alma, negro sombra cuando empecé a escribir historias que me afectaran personalmente, por decirlo así. Historias de gente común enfrentada a conflictos comunes pero interferidos por fenómenos extraños, incluso sobrenaturales. Si hay una fórmula o un hilo conductor en todo lo que escribo, es ese. Y ahí no encajan demasiado los legionarios de Pompeyo.

Hemos visto ya en varios sitios que te incluyen en una supuesta generación literaria en la que estarían también Emilio Bueso o Jesús Cañadas. Dejando de lado lo discutible del concepto mismo de generación literaria, ¿crees que hay realmente un vínculo entre vosotros? Y en caso afirmativo, ¿a quién más incluirías?

Hay un vínculo de amistad, lo que a mí me parece suficiente. De hecho, creo que las etiquetas generacionales suelen ser un mal invento para los autores. Obviamente tenemos cosas en común, sobre todo la pérdida de escrúpulos a la hora de mezclar géneros (y no digo que seamos los primeros en hacerlo, ni mucho menos) y cierta ambición literaria (ídem), en el sentido de intentar convencer a los lectores con argumentos no sólo temáticos sino también estilísticos. A partir de ahí, cada uno va a su rollo, sigue sus propias obsesiones, y está bien que así sea.

Lo que sí resulta bastante evidente es que tu obra se sitúa siempre en el terreno del no-realismo. En ocasiones más cercano al terror sobrenatural, a veces más próximo al fantástico en sentido estricto. ¿Es algo intencionado o, simplemente, te sale así?

Me gusta el fantástico poco fantástico, valga la tontería. Me gusta ver cómo actúa un elemento sobrenatural (o de ciencia ficción, que me sirve igual) sobre un elenco limitado de personajes en los que resulte fácil reconocerse. Las historias que pueden contarse al final se reducen a un puñado: conflictos de padres e hijos, enamoramiento y traición, la lucha contra la injusticia… Lo que aporta la anomalía fantástica es una distorsión, o mejor, una caja de resonancia en la que se amplifica el conflicto entre los personajes. Y me gusta cómo suena esa caja, simplemente. Es como elegir un instrumento; uno no puede explicar por qué prefiere la guitarra al piano, no es algo que se planifique.

Recuerdo tu charla en la Hispacón de Huesca en la que quedó muy claro que conoces la teoría literaria y que te interesa lo nuevo que se está haciendo en el género. ¿Qué autores son tus referentes? ¿Y cuáles te parece que están haciendo más por innovar? ¿Alguna recomendación?

No controlo absolutamente nada de teoría literaria, más allá de leer los artículos que me llaman la atención. Tampoco sé qué es lo nuevo y qué lo viejo, porque diría que casi todo ha sido experimentado alguna vez y no soy bueno identificando tendencias. Mi visión del panorama se basa simplemente en mi experiencia como lector, y en ese sentido hay tres lecturas que hicieron cambiar mi concepción de «lo que se puede escribir en España»: Clara y la penumbra de José Carlos Somoza, La piel fría de Albert Sánchez Piñol, El hermano de las moscas de Jon Bilbao y más recientemente El mapa del tiempo de Félix J. Palma. Cuando digo «lo que se puede escribir en España», me refiero a salir del circuito especializado y alcanzar un reconocimiento general por méritos propios, venciendo las reticencias de la crítica seria y del gran público hacia el género. No digo que sean los únicos ni los mejores libros en haber conseguido esto, pero fueron los que cayeron en mis manos en determinado momento y me rompieron algunos tabúes infundados.

Como ves, me he ido por los cerros de Úbeda para no responderte a quiénes son mis referentes actuales.

Respecto a tu nueva novela, Un minuto antes de la oscuridad, es distópica. Sin embargo, el Madrid que retratas es casi el que hay hoy en día. Es como el futuro que interesaba a Ballard, el de dentro de cinco minutos. ¿Hasta qué punto hablas del presente en ella?

Es tan presente que casi es pasado: internet ha caído, los teléfonos móviles ya no sirven… Pero más allá de la ambientación distópica y del uso fantasioso que hago de la clonación, lo que me interesaba era poner al protagonista en una situación de compromiso: debe elegir entre responder al mandato ético de sus principios e implicarse en la trama política de la ciudad, o permanecer al lado de su familia para protegerla de las bandas de asesinos que merodean el barrio. Lo que hago es llevar al extremo una pregunta que todos nos planteamos en la vida real: ¿me he resignado? ¿Seguro que esto era todo lo que cabía esperar de mí? ¿Quién soy, a fin de cuentas? No sé si a un planteamiento así puede llamarse novela social, pero es cierto que Un minuto antes de la oscuridad supone un cambio respecto a mis anteriores novelas, una ampliación del espectro familiar al que normalmente me suelo ceñir, por decirlo así.

Un minuto… es apocalíptica, con una trama policial, una de ciencia ficción y una psicológica. Y sin embargo, la sensación global no se corresponde con ninguno de esos géneros, sino con el terror. Al cerrar el libro queda ese desasosiego típico del horror ante lo incomprensible, lo inabarcable, lo desmesurado o lo que, simplemente, se escapa a nuestro control y nos convierte en peleles. ¿Te gusta jugar con los géneros y las expectativas que levantan, o te importan tan poco que puedes ir saltando de uno a otro?

Mantengo una relación de amor-odio con los géneros. Aunque me ponga a escribir planteamientos realistas, el género siempre se me aparece en mitad del camino y me seduce con alguna propuesta indecente. ¿Por qué no?, me digo. Que sean clones. Que sean fantasmas. Que sea telepatía. Todo vale si sirve para amplificar el conflicto de los personajes. Pero es cierto que cada género viene con un cargamento de expectativas determinadas, existe casi una subcultura de los géneros con sus referentes y sus esquemas fijos; esa es la parte del juego que menos me gusta. Por no hablar del etiquetado comercial y la colocación en estanterías… Pero tampoco me quejo, es lo que hay.

Uno de tus puntos fuertes siempre ha sido la creación de personajes. Quizás sea en El escondite de Grisha donde mejor se vea, con ese potente narrador interno y con el mismo Grisha, pero también en Rojo alma, negro sombra. Sin embargo, no suelen ser muy numerosos. ¿Por qué?

Con la salvedad que he hecho respecto a mi última novela, es verdad que me gusta más indagar hacia dentro que hacia fuera; en ese sentido me gusta mucho la noción de literatura prospectiva, porque tiene esa doble acepción de explorar el futuro y también (sobre todo, en mi caso) el subsuelo, es decir, lo que está debajo de la superficie, el inconsciente, nuestras sombras… Hubo una época en que me obsesioné con Jung; ahora ya me he quitado, pero algo queda.

Ismael Biurrun - Foto

Ismael Martínez Biurrun… ¡con los brazos descruzados!


Por último, la pregunta sesuda: en la foto que aparece en la entrevista que Milo Krmpotic te hizo para el Qué leer de este mes apareces de brazos cruzados. En tu foto de Goodreads, también. ¿Es un gesto inconsciente o luces brazacos a posta?

Nada inconsciente. Todo el mundo sabe que en esa postura pareces más cachas. También he pensado dejarme una percha dentro de la camisa en las presentaciones; así, aunque a nadie le guste mi libro, al menos pensarán que soy ancho de hombros. (Copyright del chiste: Woody Allen)

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