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Primer capítulo de La voz de los dioses

Fantascy publica La voz de los dioses el jueves 19 de febrero.

La conclusión de la trilogía «La era de los cinco dioses» de Trudi Canavan ya está cerca: el 19 de febrero por fin conoceremos el destino de la sacerdotisa Auraya, el tejedor de sueños Mirar y la pensadora Emerahl después de los acontecimientos de La hechicera indómita. Aquí tenéis en primicia el primer capítulo de La voz de los dioses, para ir quitándoos el síndrome de abstinencia.

La voz de los dioses - Portada
El torrente de agua que caía en cascada resonaba en los muros. Conforme Emerahl se adentraba en el túnel, el ruido disminuía, pero también la luz. Invocó un poco de magia para crear una chispa y la lanzó hacia el interior.
          Todo estaba tal como ella lo había dejado: los camastros en el centro de la cueva, hechos de leños y tiras de corteza entretejidos en una red tupida; los cuencos de piedra que Mirar había cincelado el verano anterior, mientras aprendía a dominar la habilidad de ocultar sus pensamientos a los dioses; y los jarrones, las cajas, las bolsas de comida seca o en conserva y los remedios, amontonados contra una pared, reunidos durante los meses que habían vivido allí.
          Solo había una parte de la cueva que los dioses no podían ver. A medida que se acercaba, Emerahl sentía que la magia de la que estaba imbuido el mundo que la rodeaba se debilitaba hasta desaparecer, y sonrió con satisfacción. Manteniendo la luz encendida con la magia que había acumulado en su interior, volvió al centro de la habitación, donde la magia la rodeó de nuevo. Estaba en el interior del vacío.
          Con un suspiro, se sentó en uno de los camastros. En primavera, cuando había regresado allí, había notado que la zona desprovista de magia se había reducido desde su última visita, un siglo antes. Lentamente la magia del mundo estaba llenando el vacío, lo que parecía indicar que este espacio era mucho más grande antes de que ella lo descubriera y que un día desaparecería del todo.
          Bastaría por ahora. Para llegar hasta ese lugar, había atravesado las tierras agrestes y desoladas de Si, en un viaje en el que había tenido que escalar más que caminar. Con cada paso impar había maldecido a Mirar, su amigo inmortal, por convencerla de que instruyera a Auraya. Con cada paso par había maldecido a los Mellizos, inmortales aún más vetustos que Mirar y ella, a quienes finalmente había conocido unos meses atrás, y que respaldaron la idea de Mirar.
          :Debemos averiguar la verdad sobre Auraya —le había dicho Tamun en una conexión en sueños, la noche posterior a la petición de Mirar—. Si se convierte en inmortal, podría llegar a ser una valiosa aliada.
          :¿Y si no lo consigue?
          :Sin duda seguirá siendo una poderosa hechicera —había respondido Surim con una seriedad poco habitual en él—. Recuerda que a los dioses no les gustan los hechiceros independientes más de lo que les gustamos los inmortales. Si no la ayudamos, la matarán.
          :¿Eso crees? El hecho de que haya abandonado a los Blancos no quiere decir que se haya vuelto contra ellos —había señalado Emerahl—. Auraya sigue siendo una sacerdotisa. Aún sirve a los dioses.
          :Está llena de dudas —había dicho Tamun—. La orden que le dieron los dioses de matar a Mirar sin juicio previo ha hecho mella en el respeto que les tiene.
          Emerahl asintió. Tenía constancia de ello. Cuando Auraya se quitó el anillo de poder de los dioses, su mente había dejado de estar protegida. Con la ayuda de los Mellizos, Emerahl había aprendido a escrutar las mentes y en más de una ocasión había visto los pensamientos de Auraya.
          «El problema es que, si bien la lealtad de Auraya hacia algunos dioses se ha debilitado, sigue sintiendo la necesidad de mantener al menos una relación cordial con ellos. Si descubre quién soy, sabrá que los dioses me quieren muerta. Y como no somos viejas amigas, no tendría reparo en atacarme, como le ocurrió con Mirar.»
          Había visto lo suficiente en la mente de la ex Blanca para saber que no le gustaba matar. Si la reunión salía bien, los dioses ni siquiera se enterarían de que Emerahl estaba allí. Volvió a echar un vistazo a la habitación. Las deidades eran seres mágicos y, por tanto, solo podían existir donde hubiera magia. No podían entrar en aquellos vacíos excepcionales e inexplicables ni ver lo que había dentro a menos que mirasen a través de los ojos de mortales situados en el exterior. Una vez que Auraya estuviese allí, los dioses no serían capaces de leerle la mente.
          Pero había muchas posibilidades de que Emerahl hubiera cruzado medio continente en vano. Quizá no conseguía enseñar nada a Auraya. Tendría que ser cuidadosa con lo que le dijera. Si Auraya abandonaba el vacío antes de aprender a ocultar sus pensamientos, los dioses escudriñarían su mente.
          Emerahl meneó la cabeza y suspiró de nuevo. «Corro un riesgo muy grande. La situación resulta mucho más cómoda para los Mellizos, ocultos y a salvo en las Cuevas Rojas de la distante Sennon, o para Mirar, en el sur de Ithania. No tienen que preocuparse de que Auraya cambie de idea y acepte matar inmortales sin causa aparente.»
          Sin embargo, la ayuda de los Mellizos había sido inestimable. Cada día y cada noche exploraban mentes en lugares lejanos, escrutaban pensamientos y permanecían alerta a las intenciones y acciones de gente poderosa. La pareja había perfeccionado esa habilidad a lo largo de miles de años. Conocían tan bien a los mortales que podían predecir su comportamiento con sorprendente exactitud.
          Mirar siempre había dicho que cada indómito —o «inmortal», como los llamaban los Mellizos— poseía un don innato. El de Emerahl era la capacidad de cambiar su edad; el de Mirar, su insuperable destreza para sanar. El de los Mellizos, su habilidad para leer la mente. En cuanto al Gaviota… Ella no estaba segura de en qué consistía su don, pero no le cabía duda de que guardaba alguna relación con el mar.
          Y el de Auraya, sostenía Mirar, era su facultad de volar. Una chispa de curiosidad redujo el enojo de Emerahl por estar allí. «Me pregunto si puede enseñar su don a otras personas. Mirar me enseñó a sanar, aunque no se me da tan bien como a él. Tal vez no consiga volar tan bien como ella… Aunque volar no parece una actividad que pueda practicarse a medias. Sin duda la ineptitud resultaría mortal.»
          Resopló. «Aun así, vale la pena intentarlo. Tiene que haber alguna ventaja para mí en todo esto. Me haría más gracia la idea de instruir a esta chica si se me compensa por aplazar la Búsqueda del Manuscrito de los Dioses.»
          Los Mellizos le habían contado que habían oído rumores de un documento que describía la Guerra de los Dioses desde el punto de vista de una diosa muerta hacía mucho. Emerahl se había propuesto encontrarlo. Semejante testimonio podía contener datos útiles para los inmortales; una información que quizá les ayudaría a pasar inadvertidos ante los dioses, o a sobrevivir si no lo conseguían. Incluso podía proporcionarles medios para defenderse.
          Según los Mellizos, los eruditos de Ithania del Sur llevaban siglos buscando el manuscrito. Habían hecho progresos recientemente, pero carecían de los datos necesarios para localizarlo. Además, los Mellizos le habían asegurado que los eruditos no estaban cerca de encontrarlo. Disponía de tiempo suficiente para adiestrar a Auraya.
          Se acercó a los tarros y cuencos e inspeccionó los remedios y las conservas.
          «Pero primero tengo que buscar comida. Y después pensar en la manera de conseguir que Auraya venga hasta aquí y convencerla de que se quede durante un tiempo, todo sin levantar las sospechas de los dioses.»

La Voix des Dieux - Portada

Portada de la edición francesa.


La embarcación ascendió a velocidad constante por un lado de la ola, se detuvo por un instante en la cresta y descendió por el otro lado. Mirar se aferraba a la borda con una mezcla de terror y alborozo. Aunque el oleaje lo salpicaba incesantemente, no se refugió bajo cubierta. El viento y el agua lo aliviaban del calor que hacía en el pequeño compartimento de pasajeros.
          «Y el anciano no me necesita a su lado para recordarle que se está muriendo», se dijo.
          Había atendido a Rikken en uno de los puertos pequeños de la costa de Avven. Correoso e hirsuto, el viejo mercader se había puesto nervioso ante la afirmación de Mirar de que su salud se había deteriorado mucho. No era la noticia de que se moría lo que lo consternaba, sino la posibilidad de no fallecer en su tierra natal.
          Así pues, le había pedido a Mirar que lo acompañara en su viaje final a Dekkar, con la esperanza de que la presencia del sanador le permitiese llegar con vida. Mirar había aceptado, en parte por tedio, en parte por curiosidad. Si bien no había encontrado hostilidad hacia los tejedores de sueños en Avven, la interminable y monótona semejanza de los pueblos por los que pasaba empezaba a aburrirlo. Los edificios estaban hechos de ladrillo recubierto de barro, como los de Sennon, pero sin variaciones en el diseño ni en el color. Tanto los hombres como las mujeres llevaban vestimentas parduscas y se cubrían la cara con velos. Incluso la música resultaba repetitiva.
          «No estoy buscando problemas —se dijo, recordando la acusación de Emerahl durante su última conexión onírica—. Me gusta viajar y explorar. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve la libertad de hacerlo. —Uno de los tripulantes pasó a toda prisa junto a él y le dedicó una inclinación de cabeza y una sonrisa cuando sus ojos se encontraron—. Además, estos sureños son simpáticos», añadió Mirar para sus adentros, asintiendo a su vez.
          Volvió a dirigir la vista a la costa. El día anterior había divisado la pared de una roca baja que ahora se alzaba por encima de los acantilados de Toren. Su sombra desaparecía de forma repentina más adelante, y él empezaba a entender por qué.
          El tiempo transcurría lentamente. Desde el barco solo se vislumbraba la costa a lo lejos. Mirar esperó con paciencia.
          Al cabo de un rato, entre una ola y la siguiente, apareció el extremo del barranco.
          La alta pared de la roca se extendía tierra adentro, y sus escarpados lados descendían hasta una llanura boscosa bor­deada por playas apacibles. El contraste era extraordinario: de rocas desnudas a vegetación exuberante. Los peñascos continuaban hacia el este, se prolongaban uno detrás de otro a lo lejos y se elevaban aún más que en la costa.
          La vista era impresionante. Era como si las tierras del oeste hubieran sido arrancadas con una enorme pala y depositadas sobre las del este.
          «¿Es esto natural? —se preguntó Mirar—. ¿O algún ser, algún dios, creó este accidente mucho tiempo atrás?»
          —¿Tejedor de sueños?
          Mirar se volvió hacia la voz y vio al marinero de pie a escasa distancia, con un cabo en la mano. Con la otra señalaba las tierras boscosas.
          —Dekkar —explicó el hombre. Mirar asintió, y el marinero volvió a su trabajo con la celeridad que da la práctica.
          Así que aquella era la tierra natal de Rikken. Dekkar, el país más meridional. Era famoso por su selva. Las montañas formaban una barrera natural que lo separaba de Avven. En ese momento, como si obedecieran alguna ley local, los mares se habían calmado. La tripulación izó más velas, y la embarcación avanzó más deprisa.
          Durante las siguientes horas, Mirar prestó atención a las conversaciones de los hombres, tratando de entender el significado de sus palabras. En el último milenio no se había visto obligado a manejarse en un idioma que apenas conocía. Los dialectos de Ithania del Sur derivaban de una rama de lenguas mucho más antiguas que él, de modo que pocas palabras guardaban alguna relación con el idioma que se hablaba en el continente. Hasta entonces había aprendido suficientes palabras básicas en avveniano para desenvolverse, y de los tejedores de sueños con los que se había encontrado había adquirido la mayor parte del vocabulario que necesitaba para trabajar como sanador.
          Su gente era más numerosa allí que en el norte. No había tantos tejedores como antaño, pero la población parecía aceptarlos y respetarlos, al igual que a los seguidores de otras sectas. Aun así, Mirar había evitado el contacto con los pocos Servidores pentadrianos con los que había topado. Si bien los tejedores de sueños locales le habían asegurado que los Servidores eran tolerantes con los paganos, él también era un norteño. Los enfermos pentadrianos que se habían enterado de su origen habían rechazado su ayuda o la habían aceptado a regañadientes, siempre que estuviese en compañía de tejedores locales. No esperaba una actitud distinta por parte de los sacerdotes de esta religión.
          Las montañas que marcaban el límite de Avven se cernían sobre la floresta como una gran ola que amenazaba con reventar en cualquier momento sobre Dekkar. Conforme avanzaban hacia el sur, se iban replegando hasta convertirse en una sombra azulada, recta como el horizonte. A intervalos se avistaban edificios a lo largo de la costa. Asentados sobre altos pilotes, estaban hechos de madera y conectados entre sí mediante pasarelas elevadas. Por lo general, en medio de un pueblo, descollaba una estructura de piedra. Esta se hallaba pintada de negro con el símbolo de la estrella de los Cinco Dioses trazado en blanco.
          El sol estaba a punto de ponerse cuando el barco viró hacia la costa. Puso rumbo hacia una bahía llena de embarcaciones y rodeada por la mayor concentración de edificios que Mirar había visto hasta entonces en esos parajes. Las anchas plataformas sobre las que se alzaban las casas comunicaban con los edificios vecinos a través de puentes de cuerda y listones o, en ocasiones, de madera pintada de colores claros.
          Mirar atrajo la atención del marinero locuaz y señaló la ciudad con gesto inquisitivo.
          —Kave —le informó el hombre.
          Era la ciudad principal de Dekkar y el hogar de Rikken. Mirar se dirigió a la bodega. Si el viejo mercader se mantenía con vida, era tanto por su propia determinación como por la ayuda de Mirar. Ahora que había llegado a su destino, era posible que su fuerza se consumiera con demasiada rapidez como para llevarlo a tierra.
          Por eso Mirar se detuvo sorprendido cuando vio a Rikken salir de la bodega con paso tambaleante. Yuri, el criado y antiguo compañero del hombre, lo sostenía de un brazo. Mirar se acercó para sujetarlo del otro.
          El anciano buscó el pueblo con la mirada y exhaló un leve suspiro al avistarlo.
          —El santuario de Kave —dijo. Aunque Mirar reconoció la palabra «santuario», solo pudo intuir el resto de la oración. Yuri tenía el ceño fruncido, pero no dijo nada mientras Rikken se acercaba a la borda. Desde algún lugar un marinero llevó una banqueta, y Rikken se sentó a esperar.
          La embarcación entró en la bahía y ancló. Sin escatimar esfuerzos, y con sumo cuidado, la tripulación bajó a Rikken a un bote. Mirar recogió su morral en la bodega y se unió al anciano.
          Los marineros empuñaron los remos, y el pequeño bote empezó a avanzar hacia la ciudad. Cuando llegaron al muelle, Mirar y Yuri ayudaron a desembarcar a Rikken. Mirar advirtió que los pilotes que sostenían las casas eran troncos enteros y que, en conjunto, semejaban un bosque de árboles robustos y sin follaje.
          Yuri indicó a dos marineros que subiesen a Rikken por una escalera hasta la plataforma más cercana. Otros dos ascendieron cargados con una camilla que había viajado con ellos. Cuando llegaron a las plataformas interconectadas de la ciudad, Rikken se tumbó en la camilla y los cuatro marineros la levantaron. Mirar los vio partir hacia el santuario y se despidió del anciano en silencio.
          Como si hubiera oído sus pensamientos, el anciano se volvió hacia él y arrugó el entrecejo. Murmuró algo con voz ronca y los hombres se detuvieron.
          —Tú vienes con nosotros —afirmó Yuri.
          Mirar vaciló, pero finalmente asintió. «Lo acompañaré hasta el santuario —se dijo—. Después me marcharé en busca de la Casa de los Tejedores local.» Echó a andar tras ellos mientras la tripulación transportaba a Rikken de la galería de una casa a la otra bajo la atenta mirada de los habitantes de Kave.
          Se adentraron en un laberinto de galerías y puentes. Como era imposible pasar por los inestables puentes de cuerda con la camilla, los marineros se vieron obligados a seguir un camino intrincado. Cerca de una hora después llegaron al santuario, una enorme pirámide escalonada que se erguía sobre un terreno cenagoso. Aunque achaparrada, su aspecto sólido y sobrio eclipsaba incluso las casas de madera más robustas, que a su lado parecían pequeñas y efímeras. Varios Servidores deambulaban por el exterior. Mirar se acercó a la camilla.
          —Ha sido un honor… —empezó a decir.
          Rikken se volvió hacia Mirar. Su cara, de una palidez cadavérica, estaba empapada en sudor. Mirar comprendió que estaba a punto de sufrir otro ataque. Yuri soltó un jadeo y acució a los marineros.
          Cuando el grupo apretó el paso en dirección a la entrada del santuario, Mirar suspiró y los siguió. «Supongo que ya va siendo hora de averiguar cómo reaccionan estos Servidores pentadrianos al ver a un tejedor de sueños del norte.»
          Los Servidores fueron a su encuentro y los condujeron al frío interior del santuario. Una vez dentro, los marineros bajaron la camilla al suelo. El anciano se apretaba el pecho con una mano. Yuri miró a Mirar con expectación.
          Este se acuclilló junto a Rikken, lo tomó de la mano y percibió que el corazón del anciano estaba fallando. En otras circunstancias lo habría dejado morir, pues su única enfermedad era la edad. Sin embargo, Rikken le había pedido que lo ayudara a llegar a casa con vida, y Mirar era consciente de que varios hombres y mujeres de túnica negra lo observaban.
          Invocó magia para fortalecer un poco el corazón, lo suficiente para restaurar y estabilizar el ritmo cardíaco, pero nada más. El rostro del anciano recuperó su color, y la expresión de dolor se suavizó. El mercader inspiró profundamente y asintió.
          —Gracias.
          Al levantar la mirada, Mirar vio un círculo de Servidores que los contemplaban a él y a Rikken con curiosidad. Un Servidor más viejo se abrió paso entre los demás y sonrió al mercader. Habló rápidamente en dekkaniano, y Rikken respondió con un murmullo hosco. El Servidor se rió y empezó a impartir órdenes a los otros.
          «Salta a la vista que es el que manda aquí», pensó Mirar. Le llevaron una silla a Rikken y lo ayudaron a sentarse. Por el trato amigable entre el viejo Servidor y el mercader, Mirar supuso que se conocían muy bien. Retrocedió unos pasos y paseó la mirada por la habitación.
          No pudo evitar un estremecimiento de admiración. Las paredes estaban cubiertas con imágenes hechas de diminutos fragmentos de cerámica vidriada dispuestos de forma tan ingeniosa que despertaban un interés más grande que el que en realidad tenían. Cada una de las cinco paredes de la estancia estaba dedicada a una de las divinidades pentadrianas.
          «Sheyr, Hrun, Alor, Ranah y Sraal.» Mirar sabía los nombres gracias a los tejedores de sueños que había conocido. A diferencia de los dioses circulianos, estas deidades eran poco dadas a las apariciones públicas, que reservaban para ocasiones trascendentales. Dejaban que sus seguidores se ocuparan de sus propios asuntos, siempre y cuando no se apartaran demasiado de la doctrina de su religión.
          «Lo que hace que uno se pregunte qué llevó a los pentadrianos a invadir Ithania del Norte. ¿Tomaron ellos mismos esa decisión o hacer la guerra forma parte de su doctrina? Sus sacerdotes reciben formación militar, de modo que no hay por qué descartar esto último.»
          Frunció el ceño. «Si es verdad, el futuro de Ithania del Norte no es muy halagüeño.»
          —Tejedor de sueños —lo llamó Yuri.
          Cuando alzó la mirada, advirtió que el viejo Servidor lo observaba. El hombre empezó a hablar, pero Yuri lo interrumpió en tono de disculpa. El Servidor lo escuchó, enarcó las cejas y volvió a dirigir la vista a Mirar.
          —¿Tú ser de Ithania del Norte? —preguntó en haniano.
          —Sí —dijo Mirar, sorprendido por el uso del idioma norteño.
          —¿Cuánto tiempo llevar en Ithania del Sur?
          —Unos meses.
          —¿Gustar?
          Mirar sonrió. «¿Cómo iba un visitante a responder a esa pregunta de forma negativa?»
          —Sí. Tu gente es acogedora y amistosa.
          El sacerdote asintió.
          —Oír decir que tejedores de sueños no bienvenidos en el norte. Ahora ser peor —Miró a Rikken y sonrió—. Aquí no tan tontos.
          —No —coincidió Mirar con él.
          «¿Peor? Tal vez esta noche debería ponerme en contacto con la tejedora representante Arlij y preguntarle si eso es verdad… y por qué.»
          —Tú hacer buen trabajo con este hombre. Gracias.
          Mirar inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Cuando se volvió hacia Rikken, la expresión del sacerdote se tornó solemne. Habló en el idioma local y luego trazó con los dedos la forma de una estrella en el aire. Rikken bajó la vista cual niño reprendido y movió la cabeza afirmativamente.
          Mirar tomó aire y exhaló poco a poco. El Servidor había sido cordial e incluso respetuoso, aun sabiendo que Mirar provenía del norte. Tal vez su condición de tejedor de sueños compensaba el hecho de que procedía de una tierra enemiga. Tal vez los Servidores eran más sensibles a estas cuestiones que el común de los pentadrianos.
          «Lo más probable es que haya tantos Servidores como pentadrianos corrientes propensos a desconfiar de mí. Sencillamente he tenido la suerte de conocer a uno que no lo es. —Sonrió con tristeza—. Y cuanto más tiempo me quede en Ithania del Sur, mayor la será la probabilidad de que tope con uno que sí lo sea.»

© Trudi Canavan, 2006
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
© Carlos Abreu Fetter, 2015, por la traducción

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