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Primer capítulo de La República Pneumática

Fantascy publica La República Pneumática el jueves 19 de febrero.

El jueves 19 de febrero sale La República Pneumática, ucronía steampunk de J. Valor Montero ambientada en una Barcelona romana. La novela narra en primera persona la historia de un joven de Cesaraugusta llamado Marcus Novus, que deberá viajar a Barcinomagna para limpiar el nombre de su padre, acusado de asesinato.

A continuación tenéis su primer capítulo en primicia, acompañado de ilustraciones de Laura Llimós, para ir haciendo apetito. ¡Que lo disfrutéis!

La República Pneumática - Barcinomagna

A V C T O R I S · N O T A

La novela que tienes en las manos es una ucronía, una historia alternativa que parte de hechos que no han sucedido, pero que podrían haberlo hecho. Este tipo de narraciones se remonta al historiador romano Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.), que dedica un capítulo de su obra Ab urbe condita libri a imaginar las consecuencias de que Alejandro Magno hubiese conquistado Occidente en lugar de Oriente en el siglo IV a.C.
          En La República Pneumática, el punto a partir del cual la historia alternativa se separa de la real es la invención de la máquina de vapor por parte de Heron de Alexandria, un hecho que sí se produjo durante la vida del emperador Claudio (10 a.C.-54 d.C.), pero que no tuvo consecuencia alguna en la tecnología de la época.

La República Pneumática - Tren

L I B E R · P R I M V S
F V G A

Jamás hubiera imaginado que viajaría en caravana pneumática para huir de la guardia. Había corrido un buen rato por las calles ya oscuras, bajo la fría llovizna invernal, y cuando me dejé caer sobre el duro banco de madera, en el piso superior del vagón, me temblaban las rodillas y tenía las manos entumecidas. Sacudí el zurrón, provocando que las gotas de lluvia huyeran por el cuero como insectos transparentes. En su doble fondo se ocultaba una joya que pocas horas atrás colgaba del cuello de un muerto.
          —No me hace ninguna gracia estar encerrado con esto —se quejó Hoc desde el interior.
          —Ahora no puedes salir, hay demasiada gente —contesté. Los otros viajeros estaban quitándose las capas de viaje mojadas y sacando la cena de sus cestos. El aire se llenó de olor a empanada y lana húmeda.
          —¿Adónde vas, muchacho? —Me sobresaltó una voz a mi espalda—. ¿Están tus padres por aquí?
          —Viajo solo —respondí, desafiante, como si el interventor pretendiera detenerme—. Voy a Barcinomagna.
          —Bien, final de trayecto. —Garabateó en el fajo de pasajes—. Son cuatro denarios y tres sestercios si duermes en el banco; un denario más si quieres una litera en un compartimento.
          —Aquí estaré bien, gracias.
          —¿Vas por las celebraciones? ¿A casa de algún pariente?
          —Éste no acaba de entender que ya tienes edad para viajar de noche —refunfuñó Hoc, sin que el interventor lo oyera.
          Le di una sacudida al zurrón para hacerle callar y respondí:
          —Me alojaré con mi abuela. Mañana me estará esperando en el muelle.
          —Si quieres un consejo, no confíes en nadie durante el trayecto; y cambia de vagón si éste se queda vacío. Buen viaje.
          —¿Por qué la gente pregunta si quieres un consejo cuando piensa dártelo de todos modos? —dijo Hoc una vez el interventor se hubo marchado—. ¿Y por qué eres tan mentiroso? Ni tienes abuela ni piensas quedarte a las fiestas del Milenario, ¡con lo que me gustaría verlas!
          —No sé cuánto va a durarnos el dinero de papá. Así que entregaremos el colgante y regresaremos a casa mañana mismo.
          —Siempre fastidiando la diversión. No me extraña que no tengas más amigos.
          —Nos limitaremos a solucionar este embrollo —zanjé intentando ponerme serio—. Deberías estar contento de poder ver el mar por primera vez.
          —Pero, pero… si nos quedáramos unos días allí quizá veríamos las galeras aéreas, ¡o una carrera de carros pneumáticos!
          —¡No tienes remedio! —Abrí el zurrón—. Asómate un poco a la escotilla, a ver si te tranquilizas.
          La abertura enmarcaba un andén sucio, frío y oscuro, recorrido por una maraña de conductos que soltaban vapor por sus viejas juntas. La lluvia se filtraba por los agujeros de la marquesina y en el suelo faltaban algunas losas, cuyo hueco había sido rellenado con cemento. Los mozos trajinaban los equipajes de los patricios, los vendedores de comida empujaban sus carritos humeantes y ya se oían las voces de los asistentes anunciando la partida. Una columna de luz descendía del cielo: la patrullera de la guardia sobrevolaba el río en busca de contrabandistas.
          —¿No sientes un cosquilleo en las tripas? —dijo Hoc, volviéndose hacia mí—. Como en el desfile del día de la República, cuando el aire vibra con los tambores de los legionarios y las sirenas de las fábricas y de los barcos del río.
          —Pero ¡si tú no tienes tripas! —Me reí—. Es la caldera de la caravana: ahora ronronea como un gato, y pronto tirará de los vagones con la fuerza de mil leones.
          —Tripas, conductos, ¿qué más da? —bufó él—. Ah, Marcus, ¿cuántas veces habíamos planeado escapar en una caravana pneumática como ésta? Más de mil, te lo digo yo. ¿Ya no te acuerdas? Querías ver Claudiopolis, Gades, Maracanda, Artaxata… Y ahora tan sólo piensas en volver a casa lo antes posible. ¡Eres un miedica!
          Tenía razón: sentía el corazón en las sienes y el sudor en la piel, aunque no ya por la huida, sino porque estaba a punto de dejar atrás todo lo que conocía. No quería que aquel pequeño gladiador de latón me pusiera más nervioso con sus impertinencias, así que lo empujé hacia el fondo del zurrón y saqué con cuidado mi cuaderno. Era un pliego de papel de Ch’in de una pulgada de grosor, un pie de largo y medio de ancho, donde dibujaba las cosas que soñaba de noche y las que imaginaba de día. «Para que hables con Hoc», había dicho madre cuando me lo compró; en ese momento yo no había entendido que se trataba de un regalo de despedida. Era la única cosa en el mundo realmente mía, pues Hoc no era propiedad de nadie: era un secreto, y un secreto a nadie le pertenece.
          Una vez hube comprobado que el cuaderno seguía seco, que el bote de tinta no se había destapado y que los pinceles, carboncillos y barras de sanguina no habían escapado de sus canutos de junco, pasé a revisar el resto del contenido del zurrón. Padre lo había preparado sin sospechar que iba a ser yo quien viajara: higos secos, un pan pequeño, un pedazo de queso de oveja envuelto en hojas de parra, un cuchillo con funda de madera y unos pantalones de algodón basto que podía llevar si enrollaba la cintura para acortarlos. Sin embargo, no pensaba usarlas: ¡sería como si padre ya estuviera muerto!
          Me habría gustado estudiar el colgante, pero no podía abrir allí el doble fondo sin llamar la atención de los viajeros que iban llenando el vagón. Así que pasé las páginas del cuaderno hasta llegar a la imagen que había provocado que me expulsaran de la escuela aquella misma mañana, cuando apenas faltaba una semana para las vacaciones de las Saturnalia y creía que las cosas no podían empeorar.

La República Pneumática - Columnas y dirigibles
En toda la República, tanto en las exclusivas academias para patricios como en las escuelas de oficios como la mía, el día se había iniciado con la clase de formación pneumática.
          —Detengamos un momento nuestra humilde disertación —dijo el preceptor Aculeus cuando entré en el aula—, pues tenemos la suerte de contar con la presencia de Marcus Novus, cuyos profundos conocimientos le eximen de ser puntual, ¿no es cierto?
          —He tenido que ayudar a mi p-padre a descargar unas lápidas para el taller —tartamudeé—. P-por eso me he retrasado.
          —¡Bienvenido al Hades! —oí decir a Hoc dentro del zurrón—. Pero ¿qué digo? Ser la diana de Aculeus durante el resto de la clase es mucho peor que el mundo de los muertos.
          El preceptor pneumático irguió su ya delgada figura, levantó la afilada barbilla, alzó las cejas y apoyó los pulgares en el collar confeccionado con engranajes, que descansaba sobre su toga, gris como el cielo de aquel día de invierno, como la escuela bajo el cielo, como el aula dentro de la escuela y como su tez demacrada que se perdía entre los pliegues de la toga.
          —¡Ah, un hijo ayudando a su padre! ¡Qué loable!
          Creí que me había librado del escarmiento público, pero Aculeus continuó:
          —De hecho, el amor filial está estrechamente relacionado con uno de los Principios Pneumáticos, ¿no es cierto, Novus?
          —Sí —respondí, dirigiéndome hacia mi banco.
          —¡No te he dado permiso para sentarte! —La voz del preceptor perdió su habitual tono sarcástico y adoptó el de una orden militar—. A todos nos gustaría saber cuál es ese principio.
          —¿La fi-fides? —tanteé.
          —¡Por supuesto, la fi-fides! —Aculeus imitó mi tartamudeo—. Fidelidad, obediencia al padre, a tus superiores y a la República: fundamental para ser un buen ciudadano. Pero hay otros nueve principios, ¿serías tan amable de recordarnos el decálogo?
          —¡Típico de los preceptores! —escuché que decía Hoc, pese a que lo había hundido en el fondo del zurrón—. Dejan que te confíes para preguntar a traición; no vas a acordarte y lo sabes.
          —Los diez Principios Pneumáticos son… auctoritas, dignitas, fidesfirmitas, frugalitas… —Notaba los cuarenta y nueve pares de ojos de mis compañeros clavados en mi cogote, deseando que me equivocara para asistir a la masacre—. Firmitas, frugalitas
          —Ésos ya los has dicho —interrumpió Aculeus—. ¿Y después viene…?
          —¿La libertas? —probé suerte, ya con la mente en blanco.
          —¿La libertas? —dijo Hoc, alarmado— ¡Estás muerto!
          —¿La libertas? —tronó Aculeus—. ¿Acaso eres un libertador de esclavos, Marcus Novus? ¿Te parece que nuestra sociedad avanzaría si todos fuéramos ciudadanos libres?
          —¿Por qué no iba a avanzar? —pregunté con un hilo de voz.
          —«¿Por qué no iba a…?» —Aculeus contuvo un exabrupto y regresó al sarcasmo—. ¿Alguien que sí haya estudiado puede explicárselo a su locuaz compañero?
          Con un leve movimiento de cabeza, el preceptor dio permiso para hablar al rastrero de Piso, cuyo brazo se alzaba ansioso en medio de la clase:
          —«La República es como una gran máquina pneumática» —declamó con voz melindrosa—. «Cada ciudadano posee su lugar y su función, como un pequeño engranaje que contribuye al buen funcionamiento del conjunto…»
          —¡Exacto! —cortó Aculeus—. Y esa máquina tan compleja tiene muchos tipos distintos de mecanismos, ¿no es cierto? Porque si todos fuéramos pistones, por ejemplo, no podría haber distribución de fuerza; y la caldera, que es el pueblo, se calentaría y calentaría hasta tal punto que las paredes de grueso metal remachado que lo protegen, es decir, el gobierno, no resistirían la presión. ¡Sería el caos, el triunfo de la barbarie!
          Puse cara de estar completamente de acuerdo, pero el preceptor no debió de quedar satisfecho, porque continuó torturándome:
          —Dado que no eres capaz de citar sus diez sencillos principios, Marcus Novus, ¿por qué no nos ilustras sobre el padre de la Pneumática?
          ¡Eso sí lo sabía! Al menos era algo concreto y no una lista de palabras huecas que nadie ponía en práctica.
          —Heron de Alexandria vivió durante el Siglo Funesto — recité, rogando que no me pidiera aclaraciones—. Escribió sobre la biela… y la transmisión lineal del movimiento circular…
          —¡Dile lo de la máquina del agua! —insistía Hoc—. ¡Vamos, díselo! ¡Y que escribió sobre autómatas como yo!
          —También inventó una máquina que servía agua sagrada en un templo si se le echaba una moneda… y escribió De automata.
          —Eso del agua fue un simple divertimento —bufó Aculeus—. Y los autómatas no tienen futuro. Piensa un poco, Novus: ¿qué haríamos con los esclavos si los sustituyéramos por autómatas? Te he preguntado por la Pneumática.
          —Bueno… Heron inventó los p-primeros mecanismos accionados por vapor, como el que usó para abrir las p-puertas de un templo en Alexandria…
          —¡Ah, pneuma: esa bella palabra griega que tanto puede significar aire como espíritu! —me interrumpió el preceptor mientras trazaba un amplio arco con la mano, como un actor sobre el escenario—. Aire en movimiento, aire a presión, el vapor que todo lo mueve, el verdadero aliento de los dioses… En fin, como parece que al menos te interesan las máquinas, repasemos tu cuaderno de ejercicios y ya veré si te dejo quedar en clase.
          Aculeus hojeó lentamente el cuaderno, lamiendo su huesudo dedo antes de pasar cada página. Mis compañeros parecían decepcionados, pues habían dado el castigo por seguro.
          —¿Y este dibujo? —El rugido del preceptor hizo tintinear los engranajes de su collar—. ¿Qué burla a la Pneumática es ésta?
          Aculeus se refería al dibujo de la caldera que habíamos estudiado en la clase anterior. Por la noche había estado retocándolo, coloreando los dos ciclos: rojo para el vapor de agua y azul para el aire condensado. Como siempre, a Hoc le había parecido aburrido y había sugerido algunas mejoras. Por eso había incorporado una cabeza monstruosa al final de cada flujo calorífico y una buena dosis de escamas y colmillos, que habían convertido el calor y el frío en dos serpientes que se devoraban mutuamente en un ciclo sin fin.
          —¡Es la Furia del Fuego contra el Alma del Agua! —Hoc se rebullía en el interior del zurrón—. ¡Será ignorante!
          —¡No es una burla! —repliqué—. Con un p-poco de fantasía me resulta más fácil recordar las lecciones.
          —La lógica no es suficiente para Marcus Novus, ¿no es cierto? —escupió Aculeus con desprecio—. Prefiere la «fantástica». Necesita imaginar que el calor y el agua son dos gusanos. ¡Pues la Pneumática no es ningún cuento infantil!
          Los muchachos se rieron. Les encantaba que Aculeus perdiera los papeles por mi culpa y que me castigara por ello cuando se daba cuenta de que había hecho el ridículo ante la clase.
          —Pero ¡la fantasía es imp-portante! ¿Cómo vamos a entender este mundo sin imaginación?
          —¿«Este» mundo, Novus? —se sulfuró el preceptor—. ¿Acaso ves algún otro mundo por aquí?
          —¡Pues claro que sí! —respondí, aumentando la expectación en la clase—. Mi madre decía que un mundo entero empieza a cada p-paso que damos, y que hay tantos como caminos hemos desechado… o algo así.
          —¿Y a qué otro mundo fue tu madre, Balbus? —Se oyó desde el fondo del aula—. ¿No te lo ha contado tu amigo invisible? ¿O quizá se marchó a una esquina?
          Me volví y atravesé las risas con la mirada, dispuesto a saltar sobre quien hubiera dicho aquello.
          —Decididamente, te estás burlando de mí, ¿no es cierto? —chilló Aculeus, intentando hacerse oír por encima de la algarabía desatada—. De mí y del magisterio que emana de nuestro pontífice, desde la Gran Biblioteca Pneumática de Alexandria. ¡Eres la prueba de que es imposible erradicar la superstición de los débiles!
          Aculeus me expulsó del aula agitando su puntero de madera, como si quisiera matar moscas con una espada. Desde el pasillo se le oía todavía gritar: «¡La Pneumática no es para fracasados!». Me senté en el porche de la palestra, pavimentado con un alargado mosaico que representaba el interior de un carro pneumático. En ocasiones, el preceptor daba clase allí fuera, paseando seguido por sus alumnos; de tanto en tanto se detenía, señalaba con su puntero uno de los mecanismos reproducidos con las pequeñas teselas del mosaico, y luego a un muchacho, que debía nombrarlo correctamente o recibía un azote en la mano.
          —¿Por qué no podemos usar la fantasía para entender las cosas? —preguntó Hoc cuando le permití asomar la cabeza del zurrón—. ¿Acaso Heron no imaginó la máquina pneumática durante una cena aburrida, contemplando cómo el vapor levantaba la tapa de una olla con sopa hirviendo?
          —A los preceptores no les interesa el «porqué», solamente el «cómo» —respondí mientras empezaba a copiar el mosaico en el cuaderno, para pasar el tiempo—. Fíjate en esta máquina, por ejemplo: Aculeus admira «la belleza de su precisión mecánica», pero a mí me gusta concebirla como un ser vivo, con el esqueleto de vigas de madera y la dura piel de placas de hierro; el corazón, de vapor; la vejiga hinchada de agua, y el enorme estómago empachado de carbón.
          —¡Como yo! —exclamó Hoc, orgulloso—. Para que luego digas que no tengo tripas.
          —Sí, como tú —dije riendo—. El valeroso gladiador mecánico que me mete en tantos líos como puede.
          —¡Balbus!, ¡Balbus!, ¡Balbus…!
          Las burlas de los muchachos que salían de clase me hicieron cerrar el cuaderno y esconder de nuevo a Hoc. Balbus, tartamudo, era mi agnomen: mi apodo.
          —¿Te crees más listo que el Pontífice Pneumático en la lejana Alexandria? —Reconocí la voz de Piso a mi espalda, imitando al preceptor—. ¿O el listo es ese estúpido muñeco con el que hablas todo el día? ¡Chalado!
          —¡Dale un buen empujón! —reclamó Hoc desde el zurrón—. ¡Que se trague sus insultos!
          —Déjame en p-paz —le respondí a Piso—. ¿Acaso te he dicho algo?
          —No deberías estar en la escuela —dijo otro alumno—. Podrías contagiar a la gente normal.
          —¡Dales de una vez! —insistía Hoc—. ¡No me extraña que piensen que eres un cobarde!
          —Lo que p-pasa es que tenéis menos imaginación que una garrapata de oveja —me defendí—, y lo que no entendéis os parece anormal.
          El patio se iba llenando de chicos que salían a tomar el ientaculum y se detenían ante una discusión que prometía.
          —¿Y para qué quieres tú la imaginación, Balbus? —dijo un tercero—. Si vas a ser limpiador de letrinas públicas.
          —Siempre hablas de letrinas —repliqué—. Sup-pongo que es tu ambiente natural.
          —¡Así se habla! —me animó Hoc—. Aunque estaría mejor si no tartamudearas.
          —Corre a decirle a mamá que en la escuela se meten con su nene —añadió Piso—. ¡Ah, olvidaba que te abandonó! Pero no perdiste gran cosa, con lo…
          No terminó la frase porque le propiné un golpe en el rostro con el cuaderno, con tal fortuna que le abrí una ceja con el canto de la cubierta. Al instante, los chicos se arremolinaron alrededor nuestro, alborotando mientras Piso lloraba como un niño de tres años y su sangre ensuciaba el mosaico.
          Poco después nos dirigíamos a casa: yo, escocido por los azotes del preceptor, y Hoc, dolido por lo que consideraba un castigo totalmente injusto.

© J. Valor Montero, 2015
© Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2015
Las imágenes están extraídas de la novela interactiva Barcelona Roman Steampunk, © Laura Llimós, 2015

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3 Responses to “Primer capítulo de La República Pneumática

  1. OTTO dice:

    Hola, este capítulo me dejo picado. Necesito más. ¿Alguna página donde comprarlo que envíe a USA…gratis? xD Soy de Panamá pero aquí el correo no es muy confiable así que lo envío a un P.O. Box en USA y de ahí me lo mandan. Espero su respuesta.

    • Sergi Viciana Sergi Viciana dice:

      Hola, Otto. Por desgracia, no conocemos ninguna página que envíe gratis a América. Sites como tienda.cyberdark.net suelen tener ofertas, pero normalmente se aplican sólo a España (y a menudo ni siquiera incluyen las islas). Mi consejo es que busques más bien alguna librería de importación en USA y, si no tienen pensado llevarlo, solicitarlo. A menudo es lo más práctico. O pedirle a algún amigo español que te lo compre y te lo envíe por correo.

  2. […] El primer capítulo se puede leer en el portal de literatura fantástica, cine, cómics y videojuegos: Fantifica. […]