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El Libro de las Cosas Nunca Vistas, brillante odisea sentimental galáctica

El Libro de las Cosas Nunca Vistas - Destacada

Faber presenta un mundo desamparado y poblado de personajes vivos, muy vivos.

Michel Faber es la clase de persona que opina que los personajes femeninos en la ciencia ficción clásica no son seres humanos reales. Pero que a su vez admite que durante mucho tiempo solo leía ciencia ficción. Sus autores favoritos, dice, eran Kurt Vonnegut, Michael John Harrison y Roger Zelanzy. Creía y sigue creyendo que la ciencia ficción se ha usado como una especie de foro donde debatir problemas nuevos e interesantes que afectan a la sociedad. Que, en ese sentido, ha abordado temas muy importantes antes de que lo hiciese la literatura seria. Pero también opina que el gran problema de la ciencia ficción que leía entonces es que se centraba mucho en las ideas y en la construcción de un mundo y muy poco en la caracterización de los personajes y en la credibilidad humana.

Así, El Libro de las Cosas Nunca Vistas (Anagrama) es su manera de decirle al género que pueden hacerse ambas cosas: puede crearse un mundo nuevo y por momentos siniestro, terrible, en realidad sobre todo triste y desamparado, y poblarlo con personajes que, de tan vivos como están, duelen. Estamos hablando de un libro profundamente literario, un clásico instantáneo a la manera de su antecesor, el victoriano Pétalo carmesí, flor blanca, solo que un clásico que hace uso de la ciencia ficción para explorar, hasta lo más íntimo, el dolor de la pérdida, hecho aquí fin del mundo, fin de un mundo desemparado y horrible, dolorosamente horrible.

The Book of Strange New Things - Portada
La historia es la siguiente: Peter, el protagonista, es un pastor que viaja a otro planeta para tratar de convertir al cristianismo a sus nativos. El planeta se llama Oasis y es tremendamente húmedo. El agua allí es verde, y la única construcción humana tiene aspecto de enorme (y feo) hospital. Los humanos (todos especialistas en algo que ayude en la colonización del lugar) que se han trasladado allí, coinciden en una cafetería aséptica que parece la cafetería de un aeropuerto. Ninguno de ellos ha dejado a nadie en la Tierra por quien se preocupe demasiado, a excepción de Peter. En la Tierra se ha quedado Beatrice, su mujer. Peter y Beatrice están muy unidos. Tan unidos que nunca han hecho nada el uno sin el otro, así que ¿cómo será estar tan lejos? ¿Podrán soportarlo?

Mientras en la Tierra todo tipo de desgracias asolan a una cada vez más neurótica Beatrice, desde huracanes hasta poderosos terremotos, en Oasis, Peter se abandona a una misión cuyo fin desconoce. Una máquina los mantiene unidos en la distancia, una especie de ordenador que envía mensajes de un planeta al otro. Y hasta aquí podemos contar, porque a medida que Peter va confraternizando con los lugareños, una suerte de pacíficos humanoides (fascinados desde el principio por el Libro de las Cosas Nunca Vistas, que viene a ser la Biblia), se va alejando cada vez más de su vida en la Tierra y de todo lo que dejó allí.

Michael Faber
No temáis a la premisa cristiana: el libro tiene un fondo durísimo. Faber estaba perdiendo a su mujer mientras lo escribía, y la manera en que la Tierra va destruyéndose es la manera en que él intentaba explicarse a sí mismo que su mujer estaba desapareciendo. Así que, aunque toda interpretación es siempre bienvenida, y más en una obra así, de largo aliento, estamos ante una novela de despedida, una brillante novela sobre la pérdida encerrada en el envoltorio de una odisea sentimental intergaláctica que tiene como protagonista a un tipo al que la incondicional fe de los extraterrestres devuelve la esperanza.

Para su autor, la novela es básicamente una historia de amor. Más bien, lo que ocurre con esa historia de amor cuando las vidas de sus protagonistas toman direcciones distintas. Eso es lo que opina él. Pero para el lector, el libro es un viaje, un viaje real a otro planeta. Porque, sí, una de las muchas virtudes de la novela es que todos sabemos que lo que ocurre en el libro es exactamente lo que ocurriría si encontrásemos otro planeta habitado que quisiéramos colonizar: enviaríamos expertos en distintas cosas, edificaríamos algo horrible con aspecto de hospital o de estación de servicio de autopista (por cuya construcción se pujaría en una subasta pública más o menos amañada) para que la gente enviada allí pasase los ratos muertos, y luego trataríamos de contactar con los habitantes del lugar de alguna manera no invasiva, vía psicólogos o, como en este caso, pastores, o rabinos, quién sabe. Y durante mucho tiempo no pasaría nada. Solo estaríamos ahí, burocratizándolo todo.

Pétalo carmesí, flor blanca - Portada

El otro clásico de Faber.


Los fans de Faber descubrirán guiños a sus otras obras (el tema de la flor blanca, que ya aparecía en su anterior tótem, la mencionada Pétalo carmesí, flor blanca, y que aquí es, de hecho, de lo que están hechas todas las cosas) y el tema de fondo, común a todas sus obras: el del enfrentamiento con lo desconocido, que en cada una de ellas toma una u otra forma pero que no deja de estar ahí, siempre. Pétalo carmesí, flor blanca, por ejemplo, está ambientada en el siglo XIX pero empieza diciendo al lector que es un extraterrestre de otra época y otro lugar, y le invita a iniciar un viaje en el tiempo y en el espacio que le lleva a la infancia horrible de Sugar, la protagonista. Dicho todo esto, la lectura de El Libro de las Cosas Nunca Vistas es por momentos tan aterradora como apasionante y dolorosa, dolorosamente humana. Insisto: un clásico instantáneo que eleva lo fantástico a lo aterradoramente real.

Sinopsis

El Libro de las Cosas Nunca Vistas

Cuando este libro arranca, el devoto pastor cristiano Peter Leigh está a punto de soltar la mano de su mujer, Bea (que lo rescató de una existencia errática de drogas y alcohol), y embarcarse en un reto evangelizador a la altura del siglo XXI. El destino que le aguarda, Oasis, no está en esta Tierra: para llegar hasta él tiene que subirse a una nave y dar el Salto. Uno que le lleva a un lugar donde el aire se siente incluso cuando está quieto, donde todos los alimentos salen de una sola raíz y donde el día y la noche no son como los que conocemos. Un lugar que se reparten unos nativos bondadosos y henchidos de fe y unos colonizadores perfectamente entrenados que, en el ejercicio de sus labores, han aprendido a dejar todo aquello que los hace débiles –humanos– atrás. Poco a poco, Peter aprende a comunicarse con los oasianos; les lee la Biblia (el Libro de las Cosas Nunca Vistas) y construye una iglesia con ellos. Y, a medida que descubre que su misión es más sencilla de lo que preveía, los problemas empiezan a surgir de rincones inesperados; en la base no todo el mundo es tan impasible, y los correos de su esposa Bea hablan de una Tierra que va de mal en peor: se hunde, azotada por desastres naturales, carestía y conflictividad social, y Bea se hunde con ella.

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